OPINIÓN LETICIA GONZÁLEZ MONTES DE OCA

Alain Delon

De niña lo recorté de una revista, sin tener idea de quién era. Recuerdo la cara de mi mamá: de absoluta aprobación. 

El actor frances Alain Delon, durante su visita al Salón Internacional del Caballo de Pura Raza Española.
El actor frances Alain Delon, durante su visita al Salón Internacional del Caballo de Pura Raza Española. Créditos: EFE
Escrito en OPINIÓN el

En esos tiempos se oía la frase: "Buenooo, ni que fuera Alain Delon." Elegante como se puede ser elegante, caballero como ninguno, galán como el que más, con su eterno cigarrillo: amor platónico universal. 

Hace un año, a sus 86, en los medios de comunicación hubo todo un alboroto: anunciaban que el talentoso actor, francés, amoroso animalista, de gran corazón, se despedía de este mundo:

“Alain Delon solicitó que le practiquen la eutanasia”, decían los encabezados, y explicaban que le había solicitado a su hijo iniciar los trámites para que le aplicaran la muerte compasiva en Suiza, país donde reside desde hace algunos años, y ese procedimiento es legal y está regulado. “Ya no puede ni quiere vivir más”.

Dicen que dijo algunas frases explicando sus motivos, sus ideas y sus sentimientos:

“La vida ya no tiene nada que ofrecerme, lo he visto todo, lo he experimentado todo. Pero, sobre todo, odio la época actual. ¡Me duele! Todo es falso, todo ha sido reemplazado.”

Detesto el mundo en el que vivimos. Todo es mentira. Ya no hay respeto. No se cumple la palabra dada. Sólo cuenta el dinero.”

EFE

“Una persona tiene derecho a partir en paz, sin pasar por hospitales, inyecciones y demás… Es tu último momento y es justo que seas tú quien elija la manera.”

"Me gustaría agradecer a todos los que me han seguido a lo largo de los años y me han brindado un gran apoyo. Espero que los futuros actores puedan encontrar en mí un ejemplo no solo en el campo laboral, sino en la vida cotidiana entre victorias y derrotas.”

No era difícil adivinar, detrás de todo su hastío, el motivo principal de su drástica petición: la muerte de su mujer a quien vió sufrir por enfermedad, y su propia afectación debido a un doble infarto cerebral.

Su última aparición pública fue en las exequias de Jean-Paul Belmondo, primero su rival y después su amigo íntimo por más de 60 años. Dos monstruos sagrados. “Estoy completamente devastado”, dijo. “No estaría mal que nos fuéramos los dos juntos.”

¿Y luego? No se supo más. Era de suponerse que se había cumplido su voluntad.

Me extrañó no ver su rostro en el video In Memoriam, la sección más emotiva de los premios Oscar. Merece un tributo por sus más de cien películas (y por su título del hombre más guapo). ¿Habrá sido omisión, error, olvido?

Le pido a mi hija buscar su fecha de muerte en internet: no hay nada. Algún registro sobre algún homenaje póstumo, algo tiene que haber, es imposible que se haya ido así nada más. Me dice: no hay nada... pero oye... ¡está guapísimo! 

Finalmente encontramos una nota aclaratoria: resulta que no.

EFE

Todo fue una gran tergiversación.

Lo que pasó fue que su hijo Anthony publicó su autobiografía, Entre chien et loup (entre perro y lobo, término para referirse a esa hora indecisa en que aún no es de noche, pero tampoco es de día), en la que cuenta que su padre le pidió que, en caso de que él cayese en coma, no quería vivir atado a una máquina, que si llegaba ese momento se encargaran de cumplir su última voluntad. Alain Delon pidió a su hijo la eutanasia “cuando sea preciso”. 

Así nada más y el mundo lo dio por muerto. Lo dimos. Las redes se llenaron de mensajes de despedida, recuerdos, nostalgia. Tristeza por su partida. Muchos aún no se enteran que sigue estando vivo. 

Así la era de las fake news en la que vivimos. La desinformación se hace todos los días, todo el tiempo, dejando poco espacio para la rectificación.

Parole, parole, cantaba a inicios de los setenta el mismo Alain Delon con Dalida: palabras, palabras. Así fue esta vez: solo palabras. Afortunadamente.

El dueño de los ojos más bellos del cine francés aún vive en Suiza con su hijo y sus mascotas, con la salud averiada, alejado de los reflectores y de una realidad en que no encaja. Se ha guarecido, como tal vez todos deseamos hacerlo cuando el mundo tiene poco que ofrecer. 

Sigue siendo partidario de la eutanasia, eso sí: esa forma de abandonar el mundo con dignidad, ese último acto de libertad que es oportunidad de unos pocos.

El Samurai vive, su corazón, desvencijado y todo, sigue latiendo. Qué ganas de que siga econtrando, entre el caos y todo, alguna motivación para ver un día más. Y, si ahora que parecía que se había ido resultó que sigue aquí, seguro que cuando finalmente se despida, igual se quedará para siempre.