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¡Rusia!, ¡Rusia!

Alexander me da un fuerte abrazo y una última recomendación: Ve al baño, el del tren no sirve, dice. Me despido. Ahora estoy completamente solo. 

Miércoles 12 De Marzo, 2014 · 16:01 pm
¡Rusia!, ¡Rusia!
Foto internet

Tomamos un café en un pequeño restaurante en Borispol, Alexander, un joven soldado ucraniano con quién he hecho migas me insiste en olvidarme de visitar Crimea, está tomado por el ejército ruso y eso no es bueno, es peligroso y podemos terminar mal. muy mal, reitera. 

Mi necedad puede más que sus intenciones de protegerme, dos horas más tarde estoy en la estación de trenes de Kiev, Alexander me ayuda a comprar un boleto para Simferópol, me escolta hasta mi vagón y me encomienda con la encargada, subo con él hasta la pequeña cabina que alberga dos literas que no prometen comodidad en el viaje de 14 horas que me espera en unos minutos más. 

Alexander me da un fuerte abrazo y una última recomendación: Ve al baño, el del tren no sirve, dice. Me despido. Ahora estoy completamente solo. 

Las vías que corren de Kiev a Crimea son en su mayoría una herencia de la antigua Unión Soviética, el tren no permite conexión entre vagones y apenas hay un pequeño pasillo por el que se pueden estirar las piernas, hay café, té y agua, se puede comer en lugarcillos que abundan en las paradas pero existe el riesgo de que un militar cuestione el propósito de tu viaje. Si no hablas ruso o ucraniano no es recomendable. 

Durante el trayecto tengo mucho tiempo de pensar en el sueño de Alexander, es soldado porque tiene un salario seguro pero odia la estricta disciplina militar, en realidad su vocación está en la mecánica, sin ayuda de nadie ni educación formal reconstruyó una motocicleta que perteneció a su abuelo hace cincuenta años, en esa máquina ha recorrido casi toda Ucrania, jamás ha salido del país y jamás ha vivido en otro pueblo que no sea el de Borispol, de hecho apenas se mudó hace unos días con su novia. Es la primera vez que sale de la casa que lo vio nacer. 

El sueño de Alexander es vivir en los Estados Unidos, en su pequeño taller tiene su bandera y varios posters de Harley-Davidson, quiere recorrer las carreteras de “América”. 

Para Alexander los rusos son, así, a secas, malos y su país debe ser parte del mundo occidental. 

El joven soldado, de 23 años de edad, come al menos tres veces por semana en McDonalds, adora las Big Mac pero ama las papas fritas, cuando le pregunté si sabe lo que es un Burger King, se extrañó, le expliqué y dijo que los norteamericanos nunca están felices con nada. No puede creer que exista una competencia de McDonalds, él ha vivido siempre bajo un único mando, bajo una única dominación. 

Literalmente, el tren huele a mierda, el problema del baño es grave y sus humores se esparcen por el vagón, afuera hace un frío atroz pero adentro el calor sofoca todo, mi compañero de viaje es un ruso que no habla y ronca en calzones. Tengo insomnio, es imposible dormir ante el miedo de ser detenido. 

Son las siete la mañana, casi las ocho, cuando cruzamos la frontera de la República Autónoma de Crimea, por la ventanilla veo un tanque ruso con soldados armados que están resguardando la zona. El tren se detiene en la siguiente estación, veo que algunos militares hablan con personal de tren, diez minutos después seguimos nuestro camino. 

Horas más tarde estoy Simferópol, hombres armados con banderas rusas resguardan el lugar, cuando me bajo del tren veo a una persona que ha sido detenida por los guardias, le piden su boleto y le hacen preguntas, pasó de largo, tengo suerte, ahora estoy fuera de la estación y nadie me cuestinó.

Como puedo, con un mapa en mi teléfono celular, le explicó a un taxista que quiero ir al aeropuerto, debo constatar si verdaderamente esta tomado por el ejército ruso, pactamos un precio que me parece muy alto y que pago sin chistar. Veinte minutos después estoy entrando en un aeropuerto que me recibe con la bandera de Rusia. 

Los vuelos a Moscú salen por la terminal de viajes domésticos que está llena de militares que se van o que llegan. Los vuelos a Kiev, Ucrania, salen por la terminal de vuelos internacionales. El aeropuerto, al menos de facto, es territorio ruso. Más tarde un periodista noruego me contará la anécdota de una persona que fue retenida por llegar a Crimea sin visa rusa. 

Salgo del aeropuerto con rumbo al centro, busco un hotel sin éxito, algunos están llenos de periodistas y los que tienen un cuarto disponible me han pedido mi pasaporte y no creen que sea un turista mexicano, dicen que soy periodista norteamericano. No vale la pena caer en argumentos, la orden es clara: solo se hospedan rusos. 

Agradezco a Alexander por haberme obligado a comprar un boleto de regreso en tren para ese mismo día, al menos tengo aún una salida. 

Camino rumbo al centro, sigo a un nutrido grupo de gente cuando comienzo a escuchar cánticos soviéticos, es la voz, grave, poderosa, de un hombre que dedica sus notas a la madre Rusa. 

Cuando me doy cuenta del lugar, estoy en la plaza principal, cientos de banderas rusas se ondean a la sombra de una estatua gigantesca de Vladimir Lenin en su centro. 

Viajé a Crimea y viajé en el tiempo, estoy en antigua Unión Soviética, no me queda ninguna duda, los pequeños parques tienen tanques rusos de la Segunda Guerra Mundial, hay estrellas rojas por doquier. 

Una señora entrada en años dibujó una bandera de Rusia en su rostro, está llorando mientras canta una canción que se oye en toda la plaza por los altavoces, grita en Ruso: ¡Regresamos a nuestra madre! 

Todo el sitio se cimbra cuando la gente, quizá cinco u ocho mil personas, gritan al mismo tiempo: Ru-ssi-a, Ru-ssi-a, Ru-ssi-a. Un adolescente reparte panfletos, más tarde sabré que dicen: Crimea es Rusia no Ucrania. 

Hay discursos políticos que son vitoreados con aplausos estridentes, hay felicidad, como si todo fuera un festejo, en Crimea dan por un hecho la independencia y luego la anexión que se votará en un referéndum en los próximos días. 

Una bandera de Cuba bajo la insignia Rusa se ondea en la plaza, me acerco, son militares rusos que hace décadas entrenaron a los soldados cubanos, un hombre habla como en español, pregunto si puedo hacerle una entrevista, no me entiende, pregunto en inglés y me responde que sí bajo la condición de que sea solo en español, el inglés lo conoce pero no lo quiere pronunciar. 

Apenas me da una respuesta: Crimea regresar (sic) a casa. 

Su español no da para más y yo no hablo ruso. Si hablara ucraniano me sería igualmente inútil. 

Un periodista internacional me ha convencido de comprar un vuelo para regresar a Kiev en dos horas más, no hay forma ni garantías de seguir trabajando desde Crimea, hace días golpearon a un compañero suyo, me cuenta, y Rusia no va arriesgarse a vetar la salida de un avión repleto de medios internacionales. 

Es hora de partir. 

Cinco horas después aterrizo en Kiev, a dos kilómetros hay un Mc Donalds.