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Suicidio y educación

De la tinta de Héctor Zagal

Héctor Zagal Domingo 15 De Diciembre, 2019 · 11:40 am
Suicidio y educación
Los alumnos del ITAM protestaron por el aparente suicidio de una compañera debido al estrés por sus estudios.

Me entristeció el suicidio de una estudiante del ITAM en México. No puedo imaginar el dolor desgarrador de los padres y familiares. Tampoco puedo imaginar el sufrimiento la muchacha. ¡Cuánta desesperanza y dolor acumulados como para quitarse la vida! A pesar del avance de la psiquiatría, el suicidio sigue siendo un misterio doloroso, frente al cual lo único que sé hacer es guardar un silencio empático y comprensivo. Hago el propósito de estudiar más cómo prevenirlo y cómo ayudar a quienes podrían cometerlo. Menos mal que la sociedad hoy mira con empatía al suicida, pues hubo un tiempo en que el cristianismo, el judaísmo y el islam calificaron al suicida de pecador. La autoridad civil tampoco se portaba mejor con los suicidas. En algunos países, la ley le arrebataba sus bienes al suicida para evitar que los deudos recibiesen la herencia. Era el colmo de la crueldad y ensañamiento.

No es del suicidio ni del ITAM de lo que quiero hablar, sino de la compleja tarea de ser profesor. Hace tiempo, fui profesor por asignatura en el ITAM. Mi experiencia fue poca, tres horas a la semana a estudiantes de primer ingreso, durante pocos años. Siempre me sorprendió gratamente el compromiso de sus estudiantes con el estudio. Trabé amistad con alguno de ellos y conozco egresados admirables en muchos sentidos. No tengo derecho a generalizar ni para bien ni para mal. Conozco poco al ITAM. Dejé de dar clases por falta de tiempo, pues soy profesor de tiempo completo de la Universidad Panamericana y profesor de asignatura en la UNAM. Mi pasión es enseñar y lamento no tener más tiempo para dar clases en más universidades.

La noticia del suicidio me ha hecho pensar en la responsabilidad que tenemos los profesores. Algunos piensan que dar clases es muy fácil. Para enseñar hacen falta conocimientos sólidos y capacidad de divulgación. Además, es muy difícil hallar el equilibrio entre la exigencia académica y la comprensión. No olvidemos que cuando un profesor califica, compromete su propio prestigio. Si yo califico con 10 a un estudiante, estoy empeñando mi palabra en que ese alumno merece la mejor calificación posible en la asignatura. Mi prestigio académico avala su calificación. Y lo mismo sucede con un alumno que reprueba. Esto es especialmente relevante en la universidad, donde se califican conocimientos, habilidades y competencias. El título universitario acredita a una persona ante la sociedad como experto profesional. ¿Qué tipo de educación nos gustaría que tuviese el cirujano que nos opera? No sé si logro explicarme…

Los profesores universitarios debemos evaluar el esfuerzo y actitudes de nuestros estudiantes; pero, sobre todo, debemos evaluar sus competencias en un campo específico del conocimiento. A mí me tiembla la mano cuando califico exámenes finales. Sé que reprobar a un estudiante puede truncar su carrera profesional. Pero una calificación “regalada” también puede dañarlo a él y a la comunidad. Un médico o un abogado deficientemente preparado pueden perjudicar a muchas personas.

Los profesores navegamos entre dos riesgos: el despotismo y ser “barcos”. No es fácil ser exigente y decirle a un joven que debe repetir un curso. Y tampoco es fácil evitar la arrogancia y la soberbia. Un profesor debe ser erudito, experto, justo, equitativo, exigente, cordial, empático y respetuoso. Es una mezcla compleja.

Tuve la suerte de contar con magníficos profesores que, sin ceder un ápice en exigencia y rigor académico, supieron acogerme y tratarme con respeto, incluso con cariño. Lo mismo en la escuela pública que en la privada, desde la secundaria hasta la universidad, me encontré con algunos maestros que combinaban estos elementos. La mayoría de mis profesores verdaderamente profesaban la vocación de enseñar. Muchos de ellos murieron ya, como Carlos Ll. y Fernando I, quienes estuvieron cerca de mí en momentos difíciles de mi vida. Cómo echo de menos los consejos de Alejandro, mi “Doktorvater”, cuya enfermedad le impide reconocerme. El cariño de mi maestra de secundaria, Martha Q., me reconforta cuando algo no me sale bien. Y mis profesores en la UNAM, Carlos P. y Mauricio B., me siguen dando buen ejemplo con su entrega y dedicación. Ser profesor es una responsabilidad abrumadora. Por ello admiro a mis maestros.

La verdad es que no sé cómo concluir estas reflexiones. Estoy pasmado. Perplejo. Me inclino a pensar que son muchos los factores que convergen en el suicido de una persona. Hay, sin duda, situaciones detonantes. Indicios que debemos reconocer. Omisiones graves e indiferencias que hieren. Me queda claro que los profesores, especialmente los de secundaria y preparatoria, tenemos una responsabilidad con nuestros estudiantes que va más allá de calificar exámenes. Formar “rostros sabios y corazones firmes” era la finalidad de la educación entre los mexicas. Pero esa tarea es demasiado importante, digo yo, como para dejársela enteramente a los profesores. Poco podemos hacer nosotros, sin la familia y sin la comunidad.

Sapere aude! ¡Atrévete a saber!

@hzagal

*Las opiniones expresadas en esta sección son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de MVS Noticias