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Para despedir el 2019

De la tinta de Héctor Zagal.

Héctor Zagal Domingo 29 De Diciembre, 2019 · 11:19 am
Para despedir el 2019
Se termina el 2019 y el doctor Héctor Zagal nos dedica unas palabras - Especial

¿Han leído “Otro poema de los dones” de Jorge Luis Borges? Es bellísimo. Transcribo algunos de sus versos:

Gracias quiero dar al divino laberinto de los efectos y de las causas por la diversidad de las criaturas, que forman este singular universo,

(…)

por el fulgor del fuego que ningún ser humano puede mirar sin un asombro antiguo, por la caoba, el cedro y el sándalo, por el pan y la sal, por el misterio de la rosa que prodiga color y que no lo ve,

(…)

por morir tan despacio, por los minutos que preceden al sueño, por el sueño y la muerte, esos dos tesoros ocultos, por los íntimos dones que no enumero, por la música, misteriosa forma del tiempo.

Después de estos versos, ¿qué me queda por decir? Los hombres necesitamos símbolos y ceremonias. El 31 de diciembre es el típico momento para dar gracias por el tiempo vivido. Sin embargo, a diferencia de Borges, a mí no me gusta agradecer a entidades abstractas. Prefiero agradecerle a mi familia, a mis amigos, a mis colegas, a mis lectores, a mis estudiantes.

Este año no fue fácil para mí. ¿Lo fue para alguien? Aún sigo pagando, en el sentido literal del término, las consecuencias del robo de mi casa. El incidente me llevó a padecer en carne propia la impericia y burocracia del ministerio público. ¿Les conté que me regañaron por tener dinero en efectivo en mi casa? Me queda claro que, mientras no se inviertan muchos recursos económicos para mejorar su infraestructura y mientras no se profesionalice y humanice a su personal, la lucha contra el crimen será causa perdida. Cuánto debe sufrir quien acude a denunciar un homicidio o una violación frente a esa maquinaria informe y desalmada.

Pero el robo también me permitió palpar la solidaridad y cariño de muchas personas. Me conmovió hondamente mi amiga V. Como les conté en este espacio, entre los muchos objetos que se habían robado, se llevaron una charolita de alpaca corriente, que mi tatarabuela le había regalado a mi abuela el día de su boda. Pues V. me invitó a cenar y, al final de nuestra reunión, me obsequió un pequeño reloj plateado que había pertenecido a su esposo. El simbolismo de su gesto casi me hizo llorar. Mi amigo Alonso me buscó para pagarme, antes de lo convenido, un dinero que me debía. Juanjo, José Luis, Sergio, Toño y MVS, me dieron voz en diversos medios para contar mi historia. Y Rodrigo, viéndome tristón, me invitó a ver el atardecer desde el Castillo de Chapultepec.

Este año murió Ignacio, quien fue mi profesor de Lógica en bachillerato. Era un hombre sobrio, de trato reservado. Nunca fuimos amigos. Tampoco era brillante. Pero lo que un adolescente necesita no es un Premio Nobel dándole clases, sino de un profesor preparado, que despierte la pasión por el saber en sus alumnos. Al ingresar a la preparatoria, yo dudaba entre estudiar historia, arqueología o letras clásicas. Después de una semana de clases de Lógica, decidí estudiar Filosofía. Lamento no habérselo agradecido en vida.

Allá por el verano, volví a ponerme triste porque se acabaron dos programas de televisión en los que yo participaba semanalmente. En uno de ellos, mostraba recovecos y laberintos de esta Ciudad de México, con la que guardo una compleja relación de amor-odio. Para mi sorpresa, se cumplió el refrán “donde una puerta se cierra, otra se abre”. Gracias al empeño de Ricardo, al aliento de Otto y a la confianza de Armando y Alfredo, comencé con un programa en el canal cultural más importante de México. Como estamos en confianza, les cuento que desde que estudiaba la licenciatura, siempre tuve el deseo de participar en ese canal. El tiempo pasó y pensé que nunca conseguiría esa meta.

Me seguiré poniendo cursi, pues la ocasión me disculpa.  Soy tío abuelo y a partir de este año, la mayor de mis sobrinas nietas ya lee con soltura y le gusta “entrometerse” en mi estudio. La más pequeña, qué aún no sabe leer, disfruta mirando las ilustraciones de mis libros de historia. Me encanta ver cómo, poco a poco, las pequeñas intrusas desordenan mi biblioteca.

Y este año, también, pude celebrar con Pablo, quien fue mi estudiante en Filosofía, la publicación de un libro conjunto, “El gabinete de curiosidades del Dr. Zagal”.

No todo me arranca sonrisas. Me preocupa el ambiente enrarecido y polarizado en las redes sociales, en las calles, en el discurso público. Yo mismo me he replegado, porque tal parece que los mexicanos hemos decido ver la realidad en blanco y negro, olvidándonos de los grises. Amigos míos, la verdad suele estar en los matices. Mis muchos años, me han enseñado a desconfiar de las verdades sin medios tonos y sin notas a pie de página.

Les decía que el poema de Borges me parece bellísimo y expresa buena parte de mis sentimientos. Yo, que soy un pesimista empedernido, necesito fijarme de vez en vez en “los íntimos dones que no enumero”. No todo es violencia, crimen, intolerancia y dolor. También hay familia, amigos, colegas, discípulos. También hay jacarandas y buganvilias. Hay café oscuro y robusto. Hay piedras empapadas por las lluvias de septiembre. Gracias por todo esto. Y gracias a ti que has resistido la lectura de este texto, un poco almibarado.

Feliz 2020

@hzagal

*Las opiniones expresadas en esta sección son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de MVS Noticias