enero 25, 2022
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Modales y crueldades

La abolición de los viejos modales no equivale a justicia social; incluso, puede convertirse en una especie de placebo social.

Héctor Zagal
Modales y crueldades
Buenos modales / Foto: Ilustrativa Pixabay

¿A ustedes todavía les corregían sus modos según el Manual de Carreño? Este texto de 1853 fue un referente de urbanidad para varias generaciones y, quizá, mucho de su contenido no ha dejado de estar presente para quienes vivimos en el siglo XXI. Pero, ¿qué es esto de urbanidad? Manuel Antonio Carreño (1812-1874), músico y diplomático venezolano, y autor del famoso Manual de urbanidad y buenas maneras, definía la urbanidad como “[la reunión de] cuantos medios puede el hombre emplear para hacer su trato fácil y agradable, sacrificando a cada paso sus gustos e inclinaciones, a los gustos e inclinaciones de los demás.” La urbanidad, continúa Carreño, “no es otra cosa que la virtud misma deponiendo un tanto la austeridad de su carácter para revestirse con las gracias y atavíos que le dan entrada a presidir y legitimar las relaciones sociales y las recreaciones y placeres del mundo.” De acuerdo con Carreño, la urbanidad es la virtud adornada de tal suerte que sea agradable a otros. Es decir, la virtud puede existir sin el refinamiento de la urbanidad y buenas maneras, pero no sería tan bella.

Pensar que la virtud desnuda, por así decirlo, no deja de ser virtud, nos previene de creer que todo adorno social es virtuoso. Es posible que un corazón vil pueda pasar por el más excelente de los hombres, si tiene los modales esperados de un corazón puro. Pienso, por ejemplo, en Hannibal Lecter o en Raymond Reddington (“The Black List”) . Si bien son personajes de ficción, ambos refleja perfectamente la idea de cómo el fondo no siempre es la forma, aunque podamos llegar a confundirlos. Los modales de Lecter y Reddington son exquisitos; pero sus acciones son reprochables, crueles, criminales. Y es que, cuando el valor más alto no es la dignidad humana sino la belleza y el placer, parece que todo está permitido.

Volvamos a la urbanidad y las buenas maneras. Carreño señala que nuestros modos han de formarse según la sensibilidad de los otros. Sin embargo, esta sensibilidad no siempre ha sido la misma a lo largo de la historia. Los límites que separan lo agradable de lo grosero no son fijos y son determinados por las condiciones políticas y económicas de determinada época. Y estas, a su vez, suponen una idea de la naturaleza del ser humano. Porque si el adorno de nuestra virtud, de nuestras acciones, supone un sacrificio de nuestros gustos e inclinaciones, tenemos que preguntarnos cuáles son esos gustos e inclinaciones que deben ser reprimidos, transformados, depurados o ignorados, y por qué deberían ser sacrificados, por qué no resultan agradables.

Los modales pueden ser entendidos como una forma de dominar a la bestia que nos habita, la cual es tosca, agresiva, violenta, desordenada. Vista así, la urbanidad es un proceso por el cual vamos construyéndonos y puliéndonos, como si fuésemos el escultor y la estatua de mármol por igual. Sin embargo, ¿es mejor rechazar aquello que surge de nosotros naturalmente a favor de hábitos refinados o civilizados, como dirían algunos? Jean Jacques Rousseau (1712-1778), por ejemplo, comparaba la vida urbana de las clases altas con los modos de la gente de campo y concluía que los códigos de urbanidad y etiqueta no eran sino la prueba de la corrupción del hombre, pues son “la apariencia de todas las virtudes sin tener ninguna” (sic). En cambio, Rousseau encontraba en la gente del campo el imperio del espíritu natural del hombre, el cual tiende hacia lo bueno y lo bello por sí mismo. Allí no había refinamiento ni adorno, pero sí franqueza. Para Rousseau, la urbanidad y las buenas maneras eran juegos de sombras que encubrían la vileza del corazón.

Deshacernos de ciertas ataduras de los códigos de convivencia y etiqueta puede ser una forma de liberarnos, de ser quienes realmente somos. Y es que, en ocasiones, la urbanidad puede ser un instrumento de opresión social. Pensemos en sociedades monárquicas del siglo XVIII, como la francesa. La manera como se convivía con los otros estaba reglamentada para que no quedara duda de quién era un plebeyo y quién un aristócrata.

Alexis de Tocqueville (1805-1859), pensador francés, viajó a Estados Unidos para analizar el sistema penitenciario estadounidense. Durante casi un año de viaje por el país, Tocqueville hizo observaciones agudas sobre el espíritu democrático de la sociedad norteamericana. Le llamó la atención lo que él consideró la ausencia de etiqueta en Estados Unidos o, al menos, de aquellos modales que uno podía encontrar en la sociedad europea de entonces. Tocqueville pensaba que esta ausencia de modales igualaba a los miembros de la sociedad; pues no había manera de distinguir quién vivía en una choza o en una mansión según sus modos o su vestimenta. Años después, Oscar Wilde hacia una observación semejante: los estadounidenses vestían sin elegancia, pero muy cómodamente. No obstante, Tocqueville fue lo suficientemente sagaz como para entrever que la ausencia de etiqueta sólo generaba una ilusión de igualdad.

Autores de la Escuela de Frankfurt han advertido un riesgo análogo. La abolición de los viejos modales no equivale a justicia social; incluso, puede convertirse en una especie de placebo social. Aún existe una clase privilegiada y su privilegio, si bien no está basado en el linaje, como en la aristocracia, está basado en el dinero y en el poder político. Las oportunidades no están al alcance de todos. Tutearnos y no usar corbata en la oficina no implica que las condiciones de trabajo sean justas. Es más, esa “informalidad” podría ser una especie de cortina de humo para hacernos creer que no hay explotación.

Ustedes, ¿qué opinan? ¿Qué normas de cortesías consideran válidas y cuáles no?

Sapere aude! ¡Atrévete a saber!

@hzagal @karlapaola_ab

(Héctor Zagal y Karla Aguilar, coautores de este texto, son co conductores del programa de radio “El Banquete del Dr. Zagal”)

*Las opiniones expresadas en esta sección son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de MVS Noticias