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Mi padre

De la tinta de Héctor Zagal

Héctor Zagal Domingo 21 De Junio, 2020 · 10:39 am
Mi padre
Foto: Pixabay

Conforme me envejezco, me voy haciendo sentimental; así que aprovecharé la conmemoración de hoy para contarles de mi padre y de mi abuelo. De mi abuelo paterno, Bardomiano Zagal, sé muy poco. Era minero, allá por el rumbo de Zacualpan, en el Estado de México. Era muy pobre. Conservo una fotografía suya junto con mi abuela, a quien sí conocí. Él viste calzón de manta y huaraches; ella, un rebozo. Mi abuelo murió de silicosis pulmonar, enfermedad común entre los mineros, dejando en la miseria a mi abuela y a sus hijos. No tenía ningún tipo de seguridad social.

Mi abuelo Bardomiano falleció en una vecindad de Santa María la Ribera de la Ciudad de México. En alguna ocasión, mi padre me llevó a conocer aquella casona donde murió el abuelo y donde la familia siguió viviendo por mucho tiempo. Era una vecindad tradicional, con lavaderos en el patio y baño compartido. Mi abuelo murió en el cuarto del fondo, que era el más barato. ¿Han escuchado la expresión “quinto patio”? En las antiguas vecindades, mientras más al fondo estaba el patio, era más barato el alquiler.

Hace algunos meses, regresé a Santa María la Ribera, pero no pude recordar la calle de la vecindad. Quizá ya la derrumbaron. Era un viejo edificio porfiriano muy venido a menos.

Mi padre pasó hambres, a pesar de los esfuerzos de la abuela por sacar adelante a sus hijos. En sus gustos y manera de comer, se notaban las estrecheces que había sufrido. Por ejemplo, cuando comía un guisado de carne y verduras, siempre dejaba al final la carne. Una vez le pregunté porqué hacía eso, y me respondió que era una costumbre adquirida en su niñez. Muy pocas veces comían carne en su casa y cuando la había, era muy escasa. Así que se le quedó la costumbre de reservar la carne para el último bocado, como un pequeño placer. También le enloquecía el pan dulce y el chocolate Carlos V con leche, espumoso, batido con molinillo. Casi nunca podía probar ambos manjares; usualmente merendaban frijoles negros, tortillas y un poco de café. El chocolate y la bizcochería eran muy caros para ellos.

En otra ocasión, la recuerdo perfectamente, me explicó porqué me nombraron Héctor. Yo todavía no sabía leer. Me llamaba Héctor por un “príncipe troyano que fue muy valiente”. Me llevó a su estudio, sacó un libro que aún conservo, y me leyó brevemente el pasaje donde Héctor se despide de su familia antes de enfrentar a Aquiles. La historia me impresionó profundamente y, al día de hoy, mi personaje favorito de la mitología griega es Héctor de Troya.

Fue en primaria, cuando le dije que de grande quería ser escritor. Me dio un consejo simple y eficaz: “si quieres ser escritor, tienes que leer mucho”. Supongo, sin embargo, que no le gustó mucho la idea. Él era ingeniero. Yo, por mi parte, tampoco sabía bien a bien que era eso de “ser escritor”.

Mi padre fue ingeniero mecánico por el Instituto Politécnico Nacional, donde estudió gracias a becas del gobierno, al esfuerzo de su madre y a los pequeños trabajos que ejercía. Contaba que uno de los trabajos mas divertido en su vida fue vender cigarros en las carpas, porque podía ver el espectáculo gratis. Él tendría uno 12 años. Las carpas, como su nombre lo indica, eran teatros ambulantes, donde se protegía al público con una lona, muy parecida a una carpa de circo. Los números eran bailes y canciones de vedettes, envueltas en trajes de lentejuelas, y escenas cómicas, donde se hacían bromas y albures a costa de los políticos y y los catrines o fifís. En sus orígenes, Cantinflas fue un personaje típico de carpa: “el peladito”. Mi padre me platicaba de las magníficas actuaciones de Palillo. ¿Les suena? No obstante, imagino que a mi padre, chamaco al fin, le interesarían más las canciones de las vedettes que la sátira política de Palillo.

Siendo adolescente, la abuela lo enviaba durante las vacaciones con un hermano mayor que vivía en Guerrero. Era “descansar haciendo adobes”, porque si bien comía mucho mejor que en su casa, le tocaba trabajar en el campo, desbrozando cañaverales con un machete. A pesar de la dureza del trabajo, guardó un grato recuerdo de esos paisajes. Cuando íbamos de vacaciones a Acapulco en familia, siempre pasábamos una noche en Iguala para visitar a su hermano.

En fin, estos y muchos recuerdos me vienen a la mente con ocasión del día de hoy. Sin embargo, más allá de la conmemoración, diariamente tengo presente a mi padre, porque heredé su biblioteca. Aunque estudió ingeniería, también era un feroz devorador de literatura francesa y de historia del arte. Justo mientras escribo este artículo, estoy rodeado de libros de Balzac, de Víctor Hugo, de Molière. ¿De dónde me habrá venido mi afición por la literatura…?

Claro que no todo es fue miel sobre hojuelas. Pero al final del día, el saldo es más que positivo. Sin duda, parte de mi vocación como escritor se la debo él. Sólo alcanzó a ver publicadas dos de mis novelas y fue muy crítico con la segunda, “Gente como uno”, porque la consideró “muy grosera”. Murió cuando yo estaba escribiendo “Imperio”. Lógicamente, se la dediqué in memoriam. Pienso que esta tercera novelita, sí le hubiese gustado, al menos porque el francés se puso de moda durante el Segundo Imperio Mexicano.

Sapere aude!

@hzag

*Las opiniones expresadas en esta sección son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de MVS Noticias