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Querido México

De la tinta de Héctor Zagal

Héctor Zagal 14/Abr/19 09:58
Querido México
El robo a casa habitación en CDMX continúa - Ilustración

México:

Te quiero mucho. Me encanta tu comida, tus paisajes. Amo el español y la afabilidad de los mexicanos. Me enamoré perdidamente de ti, a pesar de que conozco tu historia. Quizá por eso te amo, porque te veo frágil.

Pero a pesar de que la sangre empapa tu historia, nunca la había visto tan de cerca. Allá por 1999, permíteme cambiar los nombres y ser inexacto en las fechas, asesinaron a Alonso. Lo conocí. Era empresario, un hombre bueno. Un balazo afuera de su casa. Acaso una venganza, pues se había atrevido a denunciar un negocio turbio. En 2000, mataron a mi amigo Javier para robarse su coche, un auto barato. Conociendo a Javier, supongo que intentó negociar con los ladrones. No puedo olvidar el entierro de Javier. Su madre apenas si podía caminar en el cementerio. Luego, vino Gustavo, profesor como yo. Otro balazo. Hay quien dice que fue un ajuste de cuentas, porque había ganado un juicio. Conocí a Yazmín hacia el 2008, empresaria. Tomamos un café, pues quería apoyar un programa de prevención de adicciones. Al poco tiempo, la secuestraron y murió en un rescate fallido. Poco después, el hermano de Imelda. El muchacho viajaba en autobús desde Estados Unidos para visitar a su familia en la Ciudad de México. Despareció en Tamaulipas y hallaron el cuerpo a los dos días. En el 2015, asesinaron al padre de Ramiro, un muchacho talentoso con quien colaboro. Mataron al señor cerca de su casa, en una pequeña ciudad de Michoacán. ¿Te das cuenta? Todas las clases sociales, todas las profesiones.

Vivo en una casa en la alcaldía Álvaro Obregón de la CDMX. Aún no termino de pagarla, pero es mi casa. Aquí atesoro mis libros, mis apuntes, mi estudio y un pequeñito jardín. ¿Sabes? En esta época del año llegan los colibrís a visitar las rosas que cultivo. Mi estudio da justo al jardincito, y cuando me canso de escribir, me gusta mirar por la ventana. Soy un privilegiado. Lo sé.

En 2007, llamaron a mi oficina. Habían asaltado mi casa a las 4 de la tarde. Es horrible ver las fotografías de tus seres queridos botadas por los suelos; tu ropa interior, revuelta; los libros, deshojados. Se robaron mi computadora y algo más. No denuncié el robo. ¿Para qué perder tiempo?, pensé. Reconozco mi error. En mayo de 2014, mi familia salió a comprar el pan. El sol pegaba fuerte. Era medio día. Al regresar a casa, se toparon con los ladrones. Golpearon a mi familia. Por fortuna, los vecinos alcanzaron a escuchar los gritos. Yo estaba en Cuernavaca y regresé precipitadamente. ¿Qué tan grave habían sido los golpes? Mi sobrina de 3 años lloraba desconsolada en medio de la policía. Los golpes fueron certeros y “limpios”. Ni un moretón. Sólo aturdieron. Se robaron perfumes, computadora, baratijas. Intenté que mi familia presentará la denuncia, pero no quisieron. Estaban emocionalmente despedazados. ¿Cómo iba yo a obligarlos?

El pasado 11 de abril, llegué a las 2 de la tarde a mi casa. Mi familia había salido un par de horas antes. Yo venía de dar clases en la preparatoria. Y venía muy contento, porque los estudiantes habían elaborado unos videos muy bonitos sobre la identidad mexicana. Todos se mostraban orgullosos de su país. Entré. Advertí algo raro. Recordando el robo del 2014, salí rápidamente de mi casa. Como a un par de números de mi casa vive el Secretario de Seguridad de la Ciudad, pedí auxilio a sus guardaespaldas quienes, de inmediato, me brindaron apoyo y pidieron ayuda. Esperamos a la policía y revisamos la casa. El saqueo fue brutal. Nuevamente mi ropa interior por los suelos. Habían revisado alacenas, escritorios, cómodas, vitrinas, baños. Se robaron mi computadora; los audífonos que uso para la radio; una tableta electrónica; algunos objetos plateados, sin más valor que el haber pertenecido a mi familia desde hace cuatro generaciones. Se llevaron dinero que guardaba para vacaciones. Estuve a punto llorar frente a los policías. Tardaré un par de años en recuperarme de esta perdida material. No soy pobre. Tampoco soy rico. Escribo este texto desde una computadora nueva. La terminaré de pagar en 18 meses. Vivo de mi escritura. ¿Y las vacaciones? ¿Y los recuerdos? Tenía una charolita plateada, de alpaca, que había pertenecido a mi bisabuela.

Tontamente pensé que mi colonia sería más segura. ¿Cómo se atreverían a robar si a 40 metros de mi casa vive el Secretario de Seguridad? Imaginé que los criminales nunca se atreverían a robarme por tercera vez. “Sería –me dije a mí mismo– una provocación”, y bajé la guardia. Ahora sé que en esta ciudad, en este país, jamás puedes dejar sola tu casa. Tú y yo somos vulnerables.

Esta experiencia me ha hecho pensar en aquellas personas que pierden su patrimonio entero en un asalto. ¿Imaginas encontrarte con que, de un día a otro, todo tu esfuerzo se va al carajo? Sí, perdón que use estas expresiones; sabes que no son mi estilo. Pensé, también, en el empleado a quien asaltan en el microbús y le arrebatan su quincena. Ese día no tendrá que comer. Soy afortunado. Hoy, el lunes, el martes…, seguiré comiendo. Cancelaré vacaciones. Pagaré mensualidades por mis aparatos. Saldré adelante.

Soy incapaz de imaginar el dolor de quien pierde a un hijo, a un hermano, a una madre en un robo, un secuestro o una balacera. Debe ser un infierno en vida. Si la muerte siempre es obscena, inexplicable; la muerte de un ser querido a manos del crimen está más allá de mis categorías.

¿Quién robo mi casa? No lo sé. Y te confieso que tampoco me gustaría que los atraparan. Temo las venganzas. Pero de algo estoy seguro, no es gente que vive en la miseria. Quizá son hijos de familias donde hubo violencia. Seguramente no gozan de un estudio lleno de libros ni un jardincito con rosas como el mío. Sin embargo, son organizados, meticulosos. Saben dónde vender objetos robados. Saben observar y vigilar una casa. ¿Y si ese ingenio lo hubiesen puesto en un negocio decente? Me alegro de no haberme topado con ellos. ¿Qué me hubiera pasado? ¿Me hubiesen golpeado? ¿O me hubieran secuestrado? La imaginación enloquece y no me deja tranquilo. Si no me hubiese detenido felicitando a mis estudiantes por sus videos, tal vez no estaría escribiendo estas líneas.

Levanté la denuncia. Decidí circular un video. Me han tratado muy bien durante los largos trámites. Supongo que algo tendrá que ver la publicidad que le he dado a mi caso. Le agradezco a mis amigos, a las redes, a los medios el que hayan retomado esta nota. No recuperaré nada. Pero es lo único que puedo hacer, no por ti, México, qué tú eres una entidad abstracta. Lo hago por mis vecinos de calle, cuyas casas también han sido robadas. Lo hago por mis colegas asesinados, por Ramiro y su padre, por Imelda y su hermano. Lo hago porque tengo miedo y rabia y coraje. Porque no me siento impotente; soy impotente.

La vida sigue. Hoy salí a tomar un café a la colonia Roma. Me da miedo dejar mi casa. Me conocen. Me han vigilado. La vida es frágil; en México, es doblemente frágil.

Valdés Leal, maestro del barroco español, pintó el cuadro “In ictu oculi”. El lienzo representa a la muerte con su espadaña, pisoteando libros, coronas, mitras, espadas, el mundo. El cuadro invita a los cristianos a recordar que en un abrir y cerrar de ojos, la muerte convertirá todo en polvo. “In ictu oculi”… este podría ser tu lema, México. Aquí todo se puede ir a la chingada en cuestión de segundos.

Algunos me han sugerido mudarme a un departamento. Me dolería mucho despedirme de mis libros, que ya no cabrían. Tendría que olvidarme de los colibrís y de las rosas, de mi mesa de trabajo, de mi estudio. Pero te diré algo, con la misma lógica de la mudanza, habría de cambiarme de país. Has escuchado mi historia, que no es dramática. No he llorado por el asesinato de una pareja, de un hijo, de un padre. Mi historia no es una tragedia griega. Y no lo es, porque mi historia es un macabro relato costumbrista mexicano. Creo que fue Tucídides quien escribió, “En la paz, los hijos entierran a sus padres; en la guerra, sucede lo que nunca debería suceder, que los padres entierren a sus hijos”.

Y no, no veo la salida. No soy optimista. Son 219 años de corrupción, traición e impunidad. Pero los últimos años son increíbles. La muerte toca a la puerta y nosotros, ¿qué podemos hacer?

@hzagal