octubre 23, 2021
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Máscaras

En el teatro, estos objetos representan la puerta a un mundo de ideas, de imágenes, de sueños, de miedos y deseos.

Héctor Zagal
Máscaras
Máscaras de teatro/Fotos: Pixabay

Probablemente lo primero en los que pensemos al hablar de máscaras sea en el teatro. Las máscaras representan emociones, personajes, arquetipos. El teatro parece ser el lugar natural de las representaciones. Si bien la televisión y el cine son más populares que el teatro, sus representaciones se sienten no menos reales, sino menos representativas. ¿Por qué? El mundo de la televisión y del cine es otro, es su propio mundo, con sus propias reglas, posibilidades y límites. El teatro, en cambio, es la realidad misma, la más inmediata, móvil y efímera,  haciéndose otra. Hay volumen, sombras, ecos, sudor, aliento, la posibilidad de error y de improvisación. En el teatro hay vida que juega a transformarse. Las máscaras forman parte de ese juego. Ocultando un rostro, dan lugar a otro. 

La máscara nos impide mostrar una sonrisa o una mueca, limita la expresión facial del actor. Sin embargo, esta limitación permite que las emociones que comúnmente expresamos con el rostro se expresen en el cuerpo. El enojo puede ser un ceño fruncido, pero también un andar pesado con puños cerrados. El gozo puede ser una sonrisa de oreja a oreja, pero también un caminar dando vuelta sobre la punta de los pies con los brazos arriba y las palmas abiertas. La sola postura puede decirnos tanto de un personaje. Nos haría más sentido ver a un héroe con los puños en la cadera y el pecho inflado que encorvado y con las manos en los bolsillos. 

Si bien la máscara impide que la emoción aflore en el rostro, esto puede hacer que la emoción sea percibida por el público como más urgente. ¿En qué sentido? Pienso en las máscaras del teatro griego, donde cada una tenía una expresión determinada que hacía sencillo el reconocer a cada personaje y su lugar en la obra. Aunque la expresión de la máscara sea incólume, las diversas emociones del actor y personaje la transforman. El hecho de que el personaje sufra y llore, sin la posibilidad de que las lágrimas del actor sean visibles, sin que el gesto cambie, puede ser más conmovedor que ver su rostro bañado en desesperación. A veces la emoción contenida, al límite de su expresión, es más sentida y compartida que su demostración. Un llanto puede llegar a ser molesto, pero la lucha por no dejar a una lágrima rodar por la mejilla es demoledora emocionalmente. 

Hay dos maneras, al menos, de entender el papel de la máscara: desde un ámbito sagrado o religioso y desde un ámbito secular. Desde una perspectiva religiosa, la máscara conecta a quien la porta con lo divino. El portador es poseído por una entidad no-humana que ocupa su cuerpo para comunicarse. En este caso la máscara no sirve para representar a lo divino y sobrenatural, sino para invitarlo a manifestarse. La perspectiva secular tomar a la máscara como un medio de representación para entretener. No por ello carece de un halo de transformación mágica, pero la magia de esta representación viene de la imaginación del actor y el espectador. La máscara es la puerta a un mundo de ideas, de imágenes, de sueños, de miedos y deseos. 

Quizás las máscaras más populares en la cultura mexicana sean las de los luchadores. Las máscaras de El Santo, Blue Demon, La Parka, Fray Tormenta, y cientos más si incluimos a las mujeres y al grupo de los luchadores exóticos, son los rostros de los buenos y los malos del mundo del cuadrilátero. La lucha libre cuenta con una narrativa de héroes, los Técnicos, contra los villanos, los Rudos, lo que la acerca al teatro. Y las máscaras le brindan ese componente mágico de la imaginación.

En la lucha libre, los personajes enmascarados permiten un juego de identificación del público con el luchador. En tanto que el luchador es un personaje, quien está debajo de la máscara podría ser cualquiera. Podríamos ser nosotros mismos tomando como excusa la máscara de un Técnico para hacer justicia o la de un Rudo para obtener lo que uno quiere a través de toda clase de artimañas. Porque aplicar la Nelson o la Wilson en nuestro día a día está complicado. Pero las luchas nos permiten soñar con ello.

Sin embargo, el espectáculo de antagonistas volando por los aires, sobreviviendo al ras de la lona, no es menos ritual de lo que podríamos pensar. Los luchadores mexicanos, como El Santo, no son representaciones de las que los luchadores se deshacen para tener una vida normal. Su vida es la lucha. El Santo podía salir a cenar ante los ojos de todos sin temor a ser descubierto porque no había nada que descubrir. Él era El Santo, sin más. 

Hay máscaras que, más que ocultarnos, hacen posible ser uno mismo. ¿Qué opinan?

Sapere aude! ¡Atrévete a saber!

@hzagal

*Las opiniones expresadas en esta sección son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de MVS Noticias