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Los muertos no son cifras

De la tinta de Héctor Zagal.

Héctor Zagal Domingo 21 De Julio, 2019 · 08:40 am
Los muertos no son cifras
La violencia que hoy sufrimos en México es atroz, ve Héctor Zagal, columnista de MVS Noticias - Ilustrativa

En abril robaron por tercera vez mi casa. La primera fue en el 2007. Eso me llevó a hacer un recuento de la violencia, de los conocidos míos que han sido asesinados. Conté seis personas, con rostro, con nombre, que han sido víctimas de la violencia desde el año 1999.  Ya compartí con ustedes ese triste recuento.

Pues hace unos días me enteré del asesinato de un estudiante de la Universidad Panamericana, donde soy profesor. Fue en Ciudad Satélite, Estado de México. El chico cursaba el quinto semestre de medicina. No lo conocí personalmente, pero no por ello dejo de conmoverme. Al parecer, el muchacho salía del gimnasio y quisieron asaltarlo. Desconozco los detalles. Soy incapaz de imaginar el infinito dolor de la familia. ¿Ustedes?

Piensen en la persona a la que más quieren, un hermano, padre, hijo, esposa. Estás en tu casa viendo televisión, inquieto porque esa persona aún no llega. Intentas tranquilizarte. Le llamas por teléfono y no responde. “Se quedó sin batería”, te repites a ti mismo. Insistes. Le mandas WhatsApps. Vuelves a llamarle. El celular te manda a buzón. La noche avanza y sin noticias de él. Entonces, le llamas a sus amigos. Ellos tampoco saben algo. Tal vez sufrió un accidente, se le descompuso el auto, se quedó atrapado en un encharcamiento en el periférico.

Es de madrugada. Compartes tu inquietud con tus familiares y repasas, una y otra vez, la rutina de esa persona. “¿Dónde estará?, ¿por qué no responde?”. Suena el teléfono fijo. Una voz extraña te da la noticia. No puedes creer lo que te están diciendo. Quienes están contigo acuden en tu ayuda. Gritos. Lamentos. Lágrimas. Yo no sabría qué hacer en esos instantes.

Vienen después los trámites. Reconocer el cadáver y testificar que sí, es él. Esa persona a la que besaste por la mañana, está muerta. Proyectos, ilusiones, objetivos, todo se ha ido al carajo. No hay más futuro que dar sepultura a un cuerpo ensangrentado. En el mejor de los casos, el forense y los agentes te trataran con afabilidad. No sería extraño, sin embargo, que para ellos tu caso no sea sino un molesto expediente, otro pendiente trivial. Tendrás que hacer fila en oficinas mal iluminadas, con muebles destartalados y burócratas desganados. Si tienes suerte (menuda suerte), te permitirán llevarte el cadáver de tu hijo, esposa, hermano en unas horas, después de practicarle la autopsia. Peritos. Abogados. Policías. Papeles. Más sollozos. Más lágrimas. Llegan más familiares para apoyarte, porque no puedes caminar solo por aquellos pasillos poblados de expedientes.

¿Por qué lo mataron? ¿Por qué no se contentaron con llevarse el celular, la cartera, el coche?, ¿por qué no se limitaron a darle un golpe?, ¿por qué le dispararon?, ¿qué les había hecho él?, ¿no tienen compasión esos desgraciados? El inmenso dolor se convierte en rabia y quisieras toparte con los asesinos para ahorcarlos con tus propias manos. Pero estás demasiado cansado para odiar. Te duele la cabeza. Sientes náuseas. Eres incapaz de articular palabras. Quisieras sentarte en un rincón y llorar y llorar. Pero la burocracia te reclama.

Poco a poco la noticia se esparce. Tu celular no deja de sonar y de recibir mensajes; tú no puedes atenderlo y se lo dejas a un primo, a un cuñado. La burocracia te necesita para firmar, para rendir declaración, para reclamar el cuerpo. Las horas pasan y tú envejeces 10 años.  Un amigo te ofrece un café con azúcar. Quién sabe de dónde lo sacó. Ni siquiera puedes darle un sorbo. Tienes la garganta cerrada. Amanece. No podrás llevarte el cuerpo de ese ser querido sino hasta que terminen lo mil y un trámites. ¡Cómo si sirvieran de algo! ¡Cómo si ese papeleo pudiera resucitarlo!

Irás a tu casa para conseguir documentos. Siempre hacen falta más identificaciones, comprobantes de domicilio, actas de nacimiento. La burocracia es voraz y nunca se toca el corazón con los deudos. Alguien de confianza te ayudará con los trámites funerarios. Morirse es caro, muy caro. La noticia sigue corriendo. Pero a ti te da igual. Te urge sacar el cuerpo de tu ser querido de la morgue, abrazarlo, besarlo, mirarlo por última vez.

Si tienes suerte, podrás llevártelo en unas horas. En la funeraria recibirás abrazos. No faltará quien intenté consolarte contándote que a él también le mataron a un pariente. Tras el funeral, regresarás a casa hecho polvo. La cama vacía renovará el dolor. Nunca más dormirá ahí. Nunca más desayunarás con él. Y luego, habrá que vaciar el cuarto, revisar la ropa, los libros, sus objetos personales. Y una y otra vez, la pregunta, ¿por qué a él?; él no les hizo daño, ¿por qué lo mataron?

“En la paz, los hijos entierran a los padres; la guerra altera el orden de la naturaleza y hace que los padres entierren a sus hijos”, escribió el historiador Tucídides. La violencia que hoy sufrimos en México es atroz. En las guerras, los soldados respetan ciertos códigos. Los criminales de hoy carecen de ellos. No hay empatía. Son capaces de matar por un teléfono celular, por cinco mil pesos. Les da igual. ¿Cómo se llega a ser un asesino? ¿En qué momento se pierda la capacidad de compasión? Que me disculpen los expertos, pero dudo que estos criminales asesinen porque tienen hambre. La pobreza, si acaso, cataliza la maldad, la acelera.

Me temo que la mayoría de los criminales matan, porque no temen las consecuencias. Porque saben que difícilmente serán procesados, porque no temen los castigos, porque en este país la impunidad tiene la última palabra. Nadie castiga al chofer de microbús que se pasa el semáforo en rojo ni al expresidente que saqueó al país. Nadie castiga al ladrón que diariamente asalta en la misma ruta de autobuses ni al comerciante que vende mercancía robada. La impunidad es estructural. La violencia criminal debe ser castigada con dureza. Eso es justicia. Me atreveré a decir algo que puede ser escandaloso y políticamente incorrecto: la compasión es para las víctimas. Los criminales merecen justicia. ¿Les parece que soy demasiado duro?

La violencia nos acecha a todos, lo mismo a mujeres que a varones, a pobres que a ricos, a jóvenes que a ancianos. No podemos acostumbrarnos a ella ni tranquilizarnos con cifras abstractas. Cómo quisiera que los políticos se plantaran en las morgues para decirles a los deudos que en México la seguridad va mejorando.

Una sola bala puede acabar con la vida de toda una familia.

Sapere aude! ¡Atrévete a saber”

@hzagal