noviembre 28, 2021
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¿Los dejarías entrar en tu casa?

Me costó trabajo asumir que mi respuesta sería: probablemente no, de la misma forma en la que no invitaría a una persona que no conozco a dormir en mi casa.

Pamela Cerdeira
¿Los dejarías entrar en tu casa?
¿Tu dejarías entrar a un migrante a tu casa? / EFE

La semana pasada, mi compañero de programa, De Pisa y Corre en Imagen Televisión, Poncho Vera, preguntó al público algo difícil de responder si no fuera por el anonimato de las redes: ¿Aceptarías a una persona migrante a vivir en tu casa? La posible respuesta me dejó pensando, en mi hogar, en los espacios, en el tiempo, en las posibilidades, en quién sería esa persona, incluso en mi historia. Me costó trabajo asumir que mi respuesta sería: probablemente no, de la misma forma en la que no invitaría a una persona que no conozco, independientemente de su estatus migratorio, a dormir en mi casa. Pero la respuesta me deja incómoda, vengo de una familia de migrantes, mi esposo viene también de familia de migrantes. Lo que hoy somos en este hogar que me niego a compartir, es el resultado no sólo de quienes lo dejaron todo en busca de una mejor vida, también el resultado de la generosidad que encontraron en tantos desconocidos mexicanos.

El padre de Mary fue un perseguido político de izquierda que tuvo que escapar de la España Franquista, ella llegó aquí alrededor de los 16 años, su papá se dedicó a dar clases, mientras rentaban un pequeño cuarto de servicio. Como si supiera de mi dilema, me contaba: como México no hay dos, yo le estaré siempre agradecida. Una vecina se enteró que ella y su madre sabían coser, así que las buscó y le dio las llaves de su casa: aquí tengo todo, hilos, telas, tomen todo lo que necesiten. La abuela de mi esposo está por cumplir 99 años en un par de meses, todavía llora al recordar esa historia, y al escuchar a los mariachis entonar México Lindo y Querido.

Mi papá llegó aquí a los 12 años, nació terminando la Segunda Guerra Mundial, a diferencia de la historia de Mary, él escapaba de la pobreza extrema. Le encantaba contarnos la historia de su pelota de trapo, la única pertenencia con la que atravesó el océano a borde de un gran barco, la pelota acabo en el mar, y ahora sí llegaba literalmente, con las manos vacías. Después de superar un periodo de rencor nacionalista gracias a una entusiasta maestra de historia de quinto de primera, y haber entendido que mi mamá no era la Malinche (ya sé, ese concepto también estaba mal), me atreví a hacerle una pregunta que desde mi patriota personalidad construida por los libros de la SEP alcanzaba a imaginar como incómoda: ¿A qué país quieres más? Mi papá no dudó al contestar: A México, México me ha dado todo lo que tengo, mi familia, mi trabajo, un hogar. Mi papá era una mexicano poco español, perdió el acento cuando entendió que este solo le acarreaba burlas y era más conveniente no tenerlo, si se trataba de cobrar las almohadas que cosía y vendía en abonos.

Yo aprendí a amar a este país a través de la mirada de otros, y la mayoría de esos otros no nacieron aquí. ¿Tenemos todavía la capacidad de ser ese país para quienes hoy pasan por aquí? En los últimos años no lo hemos sido ni siquiera para los que aquí nacen, otra vez, ha crecido el número de mexicanos que se ven obligados a abandonar su lugar de origen buscando una oportunidad para los suyos.

La Guardia Nacional, el tan mal estimado Instituto Nacional de Migración y las palabras huecas del Presidente López Obrador en la ONU, todos retumban en nuestros oídos mientras vemos desvanecerse a ese México que queda solo en los recuerdos.

Otra vez la pregunta de mi compañero regresa a mi mente, y me atraviesa sobre todo porque es la respuesta racista que dan quienes creen que los migrantes no tendrían ni siquiera que pasar por aquí ¿dejarías que se quedaran en tu casa?

 

*Las opiniones expresadas en esta sección son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de MVS Noticias