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Lavado de manos y purificación

Aunque el hábito de lavarse las manos es vital en nuestra rutina diaria, no siempre se de dio importancia.

Héctor Zagal Domingo 28 De Marzo, 2021 · 12:00 pm
Lavado de manos y purificación
Así, Semmelweis impulsó el lavado de manos del cuerpo hospitalario. / Foto: Pixabay

Ya ha pasado un año desde que la OMS anunció que la expansión del virus Covid-19 había alcanzado el grado de pandemia. A todos nos ha llegado el virus; directa o indirectamente, más cerca o más lejos, pero nos ha tocado. Las recomendaciones para evitar el contagio son, podríamos decir, simples: mantener sana distancia, no acudir a eventos ni reuniones, procurar los espacios abiertos, ventilar los hogares, usar cubrebocas o caretas, y lavarnos las manos. Pensemos en todo lo que tocamos con ellas y cómo las utilizamos para trabajar, cocinar, comer, ir al baño, dar una caricia o un apretón de manos. Ahora pensemos en cuántas veces nos tocamos la cara con las manos. En ellas llevamos un mundo microscópico de virus, gérmenes, bacterias y todo tipo de sustancias que pueden comprometer nuestra salud. Viendo esto, el lavado de manos resulta fundamental para prevenir contagios y propagación de muchas enfermedades, desde una ligera infección ocular hasta males más graves.

Aunque el hábito de lavarse las manos es vital en nuestra rutina diaria, no siempre se de dio importancia. Fue el médico Ignaz Semmelweis (1818-1865) quien promovió la práctica. Semmelweis, aunque sin saber nada de microorganismos, era un gran observador. Mientras trabajaba en el Hospital General de Viena, notó que había una diferencia importante entre las tasas de mortalidad de las dos salas obstétricas del hospital. Una era atendida por doctores y estudiantes de medicina, todos varones; la otra estaba bajo el cuidado de parteras. ¿Cuál podría ser la razón por la cual la tasa de mortalidad de la sala atendida por varones fuera mayor a la de la sala atendida por mujeres? ¿El tacto de unas y la rudeza de los otros? Semmelweis no estaba convencido. En 1847, la muerte de uno de sus colegas le dio una pista. Este hombre había muerto tras haberse cortado con uno de los bisturís del quirófano. Sus síntomas eran similares a los de las mujeres que morían de fiebre puerperal. ¿Se habría contaminado de lo mismo que estas mujeres? ¿Cómo? Semmelweis lo vio claro: la respuesta estaba en las manos de los cirujanos. Tanto bisturís como manos estaban contaminadas de alguna sustancia que infectaba. Las parteras no llevaban consigo lggo que los cirujanos en las manos, pues ellas no realizaban autopsias ni operaciones. La solución a tantas muertes estaba en las manos, habría que mantenerlas limpias. Así, Semmelweis impulsó el lavado de manos del cuerpo hospitalario.

Lamentablemente, la simple y efectiva recomendación de Semmelweis fue ignorada por sus colegas durante un buen rato. Muchos médicos lo criticaron diciendo que eso de la asepsia era una tonteria. Sumido en una profunda depresión, fue internado en un manicomio con base en engaños. Murió en una celda, parece que por una infección en una herida de su mano derecha.

El lavado de manos de Semmelweis salvó de la muerte a muchas mujeres. Pero hay lavados de manos que más que prevenirla la anuncian, como el de Poncio Pilato. Ante una multitud enardecida que había decidido condenar a Jesús y liberar a Barrabás, Pilato se lava las manos. Con este gesto, Pilato se desentendía de la justicia y se enjuagaba la culpa. ¿Creen que la limpieza exterior basta para mantenernos limpios por dentro? ¿Cómo se lava uno la conciencia?.

Hay quienes no están tranquilos con estos métodos de limpieza externos. ¿Recuerdan a la sonámbula Lady Macbeth intentando limpiar la sangre de sus manos? La culpa de haber matado a Duncan, rey de Escocia, para que su esposo subiera al trono, era una mancha invisible, pero permanente. Algunos investigadores de la Universidad de Toronto han decidido llamar “efecto Macbeth” a la tendencia de lavarse las manos cuando las personas se sienten culpables. ¿Cómo ven?

La limpieza interior no se consigue con jabón ni agua. Se requiere de algo distinto para purificarnos por dentro. Este domingo inicia la Semana Santa. Para los creyentes, estos días son de reflexión sobre los propios errores y debilidades. Pero también, quienes son creyentes de Cristo, se unen para recordar que podemos ser perdonados, que nuestro arrepentimiento y voluntad de cambio tienen la última palabra, no nuestro pasado. El amor al prójimo es una purificación diaria, constante y profunda.

Sea para quitar culpas o para mantenerlas limpias, lavarse las manos es un cuidado higiénico fundamental para la salud personal y de la comunidad.

Sapere aude! ¡Atrévete a saber!

@hzagal

 

*Las opiniones expresadas en esta sección son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de MVS Noticias