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La fragilidad de la democracia

De la tinta de Arturo Espinosa Silis

Arturo Espinosa Silis Miércoles 26 De Junio, 2019 · 09:25 am
La fragilidad de la democracia
Hoy damos por hecho la democracia representativa en México. Al fin hemos normalizado el hablar de temas como el respeto a los derechos humanos y las libertades fundamentales

La democracia es el mecanismo de transmisión del poder político que genera más consensos en torno a su instrumentación, ya que es a través de la decisión mayoritaria de la ciudadanía que se eligen periódicamente a los gobernantes. De esta forma, se evita que el poder gubernamental se transmita de forma hereditaria, o que sea el gobernante en turno, quien decida unilateralmente, quién habrá de sucederle en el poder, o aún peor, que unos maten a otros deliberadamente para quedarse con el cargo en disputa.

Para algunos puede parecer poco trascendente hablar sobre el avance democrático del país, así como de elecciones periódicas y equitativas ­­­­­-en las que cada tres años podemos elegir entre distintas opciones, que representan diferentes fuerzas políticas y que tienen distintas trayectorias­- en las que desde que inicia el proceso electoral conocemos las reglas del juego, sabemos la fecha en que se llevará a cabo la elección y esto es algo que no cambia durante el proceso electoral. Al llegar la jornada electoral las personas mayores de 18 años, que no se encuentren privadas de su libertad, pueden salir a votar; y una vez concluida la votación conocemos los resultados de la elección con cierta rapidez. Y aunque a veces existen resistencias para aceptar los resultados cuando no favorecen a una fuerza política, en su mayoría se reconoce y se aceptan los resultados de la elección.

Hoy damos por hecho la democracia representativa en México. Al fin hemos normalizado el hablar de temas como el respeto a los derechos humanos y las libertades fundamentales; el acceso al poder y su ejercicio a partir del estado de derecho; elecciones periódicas, libres, justas y basadas en el voto universal y secreto; el régimen plural de partidos y la separación e independencia de los poderes públicos, todos estos son beneficios democráticos inmateriales que parece que han estado ahí desde siempre, pero que en realidad se han construido a lo largo de los años.

Aunque estábamos ciertos de haber dejado atrás los tiempos en que había un solo candidato en la boleta electoral, en que nuestras opciones políticas se reducían a una sola fuerza política, en donde en el Congreso había mayorías absolutas que atendían a la voluntad presidencial, en que se optaba por medidas como tirar el sistema de resultados hasta que fuera posible asegurar la victoria del candidato oficial, y se vivía con resignación en un régimen de partido hegemónico; pero lo cierto es que todo eso no está tan lejos, nunca lo ha estado.

Los partidos y los actores políticos viven en una búsqueda incesante por el poder, buscan ejercerlo, acumularlo, conservarlo y abusar de él, es algo que siempre se pretende en la vida política. El poder atrae y su ejercicio seduce, por lo que sus límites los encuentra en los valores democráticos que se han conseguido cultivar a través de los años. Por ello nunca debe darse por sentada a la democracia, no nos podemos olvidar de ella, y al contrario, debe buscarse permanentemente cómo fortalecerla.

Ya lo dice José Woldenberg en sus Cartas a una joven desencantada con la democracia: “Lo mejor de las elecciones son las propias elecciones. Y no se trata de una tautología. El solo hecho de que se lleven a cabo auténticos comicios es una “gran cosa”, precisamente porque no parece una gran cosa. Se trata de un procedimiento aparentemente rutinario que tiene un enorme significado.”