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La farsa de la inmunidad de rebaño en México

El subsecretario Hugo López-Gatell abordó nuevamente el asunto y, sin ninguna base científica, señaló que en agosto o septiembre nuestro país alcanzaría dicho estado.

Arturo Barba Viernes 21 De Mayo, 2021 · 07:00 am
La farsa de la inmunidad de rebaño en México
Hugo López-Gatell durante la conferencia matutina sobre salud en Palacio Nacional / Cuartoscuro

Nuevamente la farsa de la inmunidad de rebaño ha sido mencionada como una meta triunfalista del gobierno mexicano ante la COVID-19. Al igual que lo hizo al inicio de la pandemia, hace tres días el subsecretario Hugo López-Gatell abordó nuevamente el asunto y, sin ninguna base científica, señaló que en agosto o septiembre nuestro país alcanzaría dicho estado.

Con las nada confiables cifras oficiales como referencia, el funcionario mencionó el martes pasado que el 60% de la población del país, más de 75 millones de personas, se han infectado por el coronavirus y que, de continuar el ritmo de vacunación, se llegará a la mentada protección cuando el 75% de la población, 95 millones de personas, adquieran anticuerpos.

Foto: EFE

Pero en esta aseveración hay grandes cuestionamientos científicos: en primer lugar, el gobierno mexicano es el que menos pruebas de diagnóstico aplica entre la población. Solo el 30% de las personas que han padecido y padecen COVID-19 en nuestro país (enfermas y fallecidas) han sido diagnosticadas con pruebas de laboratorio; el resto lo ha sido a través de la estimación clínica de un médico o cuerpo de médicos. No es posible “calcular” una inmunidad del 60% de la población sin una muestra amplia y confiable que represente a 75 millones.

Además, no hay que olvidar que las estadísticas oficiales de México son las que tienen el mayor margen de subregistro en el mundo. Esto es causa y consecuencia de la falta de pruebas. Mientras en la India esta subestimación es de entre 50% y 75%, en nuestro país es entre 150% y 300%. Por ello, cualquier cálculo o prospección epidemiológica que se pretenda llevar a cabo, tanto de contagios como de fallecimientos, con las cifras oficiales está lejos de la realidad. Todo trabajo científico que pretenda ser, medianamente aceptable, tiene que recurrir a otras muestras y otros datos.

Otra de las inconsistencias de las “estimaciones” –que no cálculos ni análisis– de López-Gatell es que afirma que 75 millones de mexicanos se han enfermado y su organismo ha generado anticuerpos que les ha conferido protección, sin que se percataran de ello. Nunca señala la causa de este número ni de dónde lo obtuvo, quizá se deba a la magia o a las estampitas de “el detente” a las cuales, muy probablemente, es adepto.

Asimismo, en el supuesto caso de que ya tuviéramos al 60% de la población inmune más las 16 millones 800 mil personas vacunadas (con 25 millones de dosis suministradas hasta ayer), solo faltaría vacunar a poco más de 2 millones personas para alcanzar la supuesta inmunidad con el 75% de la población protegida por anticuerpos.

Lamentablemente, esta no es ni será la única vez que el gobierno mexicano recurra a este término.

Foto: EFE

Desde hace varios meses, la Organización Mundial de la Salud (OMS) y grupos de científicos de todo el mundo han señalado que el concepto de la inmunidad de rebaño o inmunidad colectiva es científica y éticamente cuestionable. De hecho, Tedros Ghebreyesus, director general de la OMS, ha dicho que a lo largo de la historia de la salud pública y la epidemiología mundiales jamás se ha usado esta inmunidad como estrategia para combatir un brote de cualquier enfermedad infecciosa y, menos aún, de una pandemia.

En una carta abierta de un grupo de 80 investigadores de varios países publicada en la revista biomédica The Lancet, en octubre pasado, señalan que las afirmaciones que sugieren permitir un gran brote incontrolado en la población de bajo riesgo mientras se protege a los vulnerables “es una falacia peligrosa que no está respaldada por evidencia científica”.

Una estrategia de este tipo no acabaría con la pandemia de COVID-19, sino que provocaría epidemias recurrentes que podría causar la muerte del 1% de la población mundial (77 millones de personas).

El origen del término

Este concepto surgió en 1919, después de la pandemia de influenza española que, se calcula, cobró la vida de más de 50 millones de personas en todo el mundo.

Solo unos cuantos años antes, la humanidad había entendido las causas de las enfermedades infecciosas gracias a las aportaciones de Louis Pasteur, quien descubrió una variedad de patógenos, catalogó sus características, demostró sus efectos en huéspedes y postuló la teoría de los gérmenes. La sociedad y los médicos apenas estaban aceptando dicho conocimiento.

Posteriormente, a principios del siglo XX se inició el estudio del impacto de dichos patógenos, su comportamiento y su dispersión en poblaciones enteras. Así se analizaron enfermedades como malaria, sarampión, viruela y se incorporó con mayor fuerza a las matemáticas para medir su efecto.

El bacteriólogo William Whiteman Carlton Topley, director del Departamento de Patología del Hospital Charing Cross de Londres, experimentó con ratones para tratar de entender la virulencia de algunos patógenos, el incremento de la resistencia de la población y el impacto de olas epidémicas.

En julio de 1919 publicó en la revista The Lancet diversos experimentos con grupos de ratones en los que creó una serie de epidemias con bacterias para medir su respuesta inmune y observó que, a menos que existiera un flujo constante de ratones susceptibles, los cuales morían, se podría llegar a la prevalencia cada vez más numerosa de individuos inmunes, lo cual paulatinamente pondría fin a una epidemia. En 1923, junto con G.S. Wilson, describirían este fenómeno como “inmunidad colectiva” en un artículo publicado en el Journal of Hygiene.

Foto: EFE

“Tal semejanza parecería existir en el caso de enfermedades epidémicas que afectan a niños en edad escolar”, sugirió Topley más tarde. Pero fue Sheldon Francis Dudley, profesor de patología en la Royal Naval Medical School, quien extrapoló los primeros análisis en poblaciones humanas y midió los efectos de enfermedades como la difteria y la escarlatina, infecciones que se dispersan por microgotas de saliva, en lugares confinados como los barcos. En un artículo de 1924 en The Lancet, Dudley se refirió a la “inmunidad colectiva” en humanos, y en 1929 publicó “la adaptación humana al entorno parasitario”.

“Ahora consideraré a la comunidad o el rebaño… Las naciones pueden dividirse en rebaños urbanos o rurales. O podemos contrastar la manada costera con la manada de marineros, o las manadas que viven en hospitales pueden compararse con las que viven en hospitales psiquiátricos”, escribió Dudley.

A partir de entonces el término inmunidad colectiva ganó terreno en el campo de la epidemiología. En la década de 1930 se le utilizó en libros y artículos científicos sobre enfermedades infecciosas como la influenza, tifoidea, poliomielitis y viruela, en Australia, EE. UU. e Inglaterra.

Su concepción y uso fue haciéndose cada vez más complejo, por ejemplo, el propio Topley lo utilizó no solo para la distribución de la inmunidad, sino también para analizar los factores sociales que determinaban la exposición de la manada.

Más tarde, en la década de los 50 y 60 del siglo pasado, es decir, hace a penas 70 y 60 años, este término quedó vinculado a las vacunas con el surgimiento de la industria de las vacunas. Esto también le dotó de mayores implicaciones en la salud pública. Pero el término quedó asociado a las inmunizaciones. De hecho, muchos investigadores se cuestionaron: ¿qué porcentaje de la población debe vacunarse para controlar o erradicar una enfermedad?

Pero otra de las contribuciones paralelas de Dudley en sus investigaciones con la difteria fue demostrar que, aunque no se contaba con una vacuna, una enfermedad que se dispersa a través de microgotas de saliva puede controlarse con higiene, distanciamiento social y terapéutica.

Inmunidad colectiva ni en Estados Unidos

Ni en Estados Unidos –país que tiene estadísticas de salud confiables, donde más de 33 millones de personas se han contagiado de COVID-19, han fallecido casi 600 mil personas y donde se han vacunado más de 140 millones de personas– se habla de inmunidad de rebaño.

A pesar de que hay cinco vacunas por cada habitante, el gobierno estadounidense ha dicho que es improbable y prácticamente imposible llegar a tal estado.

Casi tres cuartas partes de los estadounidenses adultos han sido vacunados, pero los expertos señalan que no se podrá alcanzar el umbral de la inmunidad de rebaño ni con el 90% de la población vacunada, al menos no en el futuro próximo; incluso muchos señalan que tal vez nunca se alcance. A lo más que aspiran las autoridades sanitarias de nuestros vecinos del norte es que el virus se convierta en una enfermedad estacional manejable con la atención prioritaria de grupos vulnerables, pero que continuará provocando hospitalizaciones y muertes, aunque en menor escala.

Foto: Cuartoscuro

Una de las principales razones es que el movimiento antivacunas tiene muchos seguidores y cada vez disminuye el número de personas que quieren ser vacunadas.

Otro aspecto clave es que aún no se conoce el efecto protector que confieren los anticuerpos de las personas que han sido infectadas o vacunadas. Algunos estudios científicos señalan que, en promedio, puede ser de 6 a 8 meses, pero aún no hay estadísticas confiables.

Aunque se vacune a un alto porcentaje de la población, no se conoce el tiempo de protección que confieren las vacunas; tampoco se sabe del todo los efectos que pueden tener las nuevas variantes que son más virulentas.

Por todo ello, no se puede hablar de inmunidad colectiva o de rebaño ante la COVID-19; no solo es poco ético en el ámbito de la salud pública, sino también científicamente desconocido y/o inalcanzable.

Identifican genes del trastorno bipolar

Luego de analizar el genoma completo de 42 mil personas que padecen trastorno bipolar, un equipo multinacional de 320 científicos de 25 países, entre ellos México, identificó 64 regiones del genoma que están asociadas a un mayor riesgo de trastorno bipolar.

El estudio genético publicado en la revista Nature Genetics es el más grande llevado a cabo sobre el padecimiento hasta la fecha, y logró reconocer más del doble de genes identificados previamente. Asimismo, los investigadores, entre los que se encuentra Alfredo Cuéllar Barboza, del Departamento de Psiquiatría de la Universidad Autónoma de Nuevo León, encontró una asociación de estas bases genéticas con otros trastornos psiquiátricos.

Caracterizado por episodios recurrentes de estado de ánimo depresivos y de manía, el trastorno bipolar afecta a 50 millones de personas en todo el mundo. Este padecimiento por lo general comienza en la edad adulta joven, se vuelve crónico y puede ser de alto riesgo de suicidio y con frecuencia es causa de discapacidad.

Foto: Pixabay

“Está bien establecido que el trastorno bipolar tiene una base genética sustancial y la identificación de las variaciones del ADN que aumentan el riesgo puede brindar información sobre la biología subyacente de la afección”, señaló Niamh Mullins, de la Escuela Icahn de Medicina en Mount Sinai, Nueva York, y autor principal del artículo. “Nuestro estudio encontró variaciones del ADN involucradas en la comunicación de las células cerebrales y la señalización del calcio que aumentan el riesgo de trastorno bipolar“.

Debido a que las relaciones son la base del funcionamiento de la sociedad, el efecto del trastorno bipolar en las interacciones interpersonales, incluida la expresión de empatía, puede tener un efecto profundo en la vida de quienes lo padecen, por lo que se trata de un problema de salud pública mundial.

Los científicos se han percatado de que las personas con trastorno bipolar tienen problemas para controlar la empatía: a veces se tiene una empatía extrema y a veces casi inexistente.

La empatía es la capacidad que tiene una persona para sentir las emociones de otras personas e imaginar lo que sienten. Los investigadores definen dos formas: la afectiva, que es cómo se reacciona en respuesta a las emociones de otra persona; y la cognitiva, que es comprender las emociones de otra persona, en lugar de reflejar esos sentimientos.

También se identificó el papel clave de los hábitos de sueño, el consumo de alcohol y el abuso de sustancias psicotrópicas en el desarrollo del trastorno bipolar.

 

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