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Historia en 10 minutos – Reyes Magos

Héctor Zagal Domingo 5 De Enero, 2020 · 10:46 am
Historia en 10 minutos – Reyes Magos
Los tres reyes magos, ni eran tres, ni eran reyes ni eran magos / Foto: Pixabay

Pues con la novedad de que los tres reyes magos, ni eran tres, ni eran reyes ni eran magos.  La Biblia simplemente habla de “magoi”, es decir ‘astrólogos’ de Oriente que le regalaron al niño oro, inciencia y miira. Sin embargo, no sabemos bien a bien cuántos personajes fueron ni tampoco sus nombres. Al menos así es, si seguimos al pie de la letra el Evangelio de Mateo. Pero las tradiciones populares son, afortunadamente, más pintorescas y suplieron la sobriedad del evangelista Mateo con el colorido de los evangelios apócrifos, que están tremendamente más adornados que los cuatro canónicos.

Por ejemplo, el Evangelio Árabe de la Infancia de Jesús, cuenta que después de que los reyes magos presentaran sus regalos al niño Jesús, María les regala a ellos uno de los pañales del niño (espero que haya sido limpio). Los reyes lo toman como un presente valiosísimo. Luego, en sus lugares de origen, los reyes organizan una fiesta y para demostrarles a sus paisanos la divinidad de Jesús, meten el pañal en una fogata, sin que éste se queme. El pueblo queda asombrado frente a tal prodigio.

El Evangelio Armenio de la Infancia de Jesús es el que está mejor decorado cuando se trata del relato de los reyes magos. Ahí, se dice que Melkon, Gaspar y Baltasar, viajan con 12 jefes militares que, a su vez, cada uno, llevan mil tropas de caballería. Doce mil soldados, ¡toda una invasión! Con razón el rey Herodes se asustó.

Gaspar, rey de la India, llevaba como regalos perfume de nardo, cardamomo, incienso y canela, productos carísimos en aquella época. El incienso comúnmente se ofrecía a los dioses. Los regalos de Baltasar, rey de Arabia, eran el oro, la plata, perlas,  zafiros y otras piedras preciosas.

Melkon, rey de Persia, lleva mirra, aloe, muselina, púrpura, cintas de lino y una carta escrita por el mismísimo dedo de Dios como presentes para el niño. El púrpura, por cierto, era verdaderamente un lujo. Para teñir las telas de púrpura se utilizan unos caracolitos que vivían en el mar Mediterráneo. El púrpura, por ello, era el color de la realeza. Pero el regalo más preciado, sin duda, fue la carta escrita por el dedo de Dios; (sí como el verso del himno nacional de México). En los apócrifos se dice que esta carta se había pasado de generación en generación, desde Adán hasta los reyes magos y que se había conservado cerrada para que el primero en leerla fuera el niño Jesús.

No es gratuito que Herodes se encolerizara tanto al ver que importantes reyes de oriente venían con valiosísimas riquezas y regalos para adorar a un rey que no era él. Tanto así, que decide interceptar a la comitiva de oriente para pedirles que, antes de que regresaran a sus tierras, le avisaran del lugar en que se encontraba el niño rey de los judíos, supuestamente con el fin de ir a adorarlo también. Pero un ángel les advertiría a los reyes magos que no deben decir nada a Herodes y cambian de  ruta para evadirlo.

En el mismo Evangelio Armenio, se cuenta que los reyes magos tienen una visión cada uno al presentar los regalos al niño Dios. Gaspar de la India reconoció al hijo de Dios encarnado, sentado en un trono de gloria y con las legiones de los ángeles a su servicio. Baltasar de Arabia vio en el niño al hijo de un rey, rodeado de un ejército numeroso que lo adoraba de rodillas. Y a Melkon de Persia, el niño se le presentó como un simple hijo de hombre, de carne y hueso, lo vio morir y resucitar.

Los reyes magos no entendían por qué sus visiones habían sido tan diferentes. Al día siguiente se presentaron de nuevo a adorar al niño Jesús. Y su sopresa fue mayúscula, porque volvieron cada uno volvió a tener visiones distintas de suerte que, al final del día, los tres acabaron por tener las tres visiones. Comprendieron que Jesús era Dios, Rey y Nombre: tres manifestaciones distintas.

Hay una leyenda posterior que cuenta que no sólo fueron tres reyes magos, sino que había un cuarto: Artabán. Llevaba para el Niño un diamante, un jaspe y un rubí. Antes de partir a Belén, los reyes magos habían acordado reunirse en un determinado punto para ir en caravana rumbo a Belén; pero antes, Artabán se topa con un anciano maltratado por una cuadrilla de ladrones; el rey lo acoge y le obsequia el diamante. Artabán no logra reunirse con la caravana de los tres reyes. Debe emprender el camino en solitario. Al llegar a Belén ya no encuentra al Niño Jesús; en su lugar, se encuentra con una escena pavorosa, los soldados asesinan a los niños de la aldea por orden del Rey Herodes. Artabán utiliza su rubí para salvar a algunos pequeños. Sin embargo, uno de los capitanes advierte lo que Artabán está haciendo y lo encarcela. Tras 30 años de cautiverio, Artabán es puesto en libertad. Se entera, entonces, de que los romanos van a crucificar a Jesús.

Artabán corre hacia Jerusalén y poco antes de entrar a la ciudad, se topa con una muchacha a la que están a punto de vender como esclava para pagar las deudas de su padre. Artabán utiliza el jaspe, que había atesorado durante los años de encierro, y salva a la muchacha; luego, reemprende su camino. Pero Artabán es viejo y poco antes de llegar al calvario, se desvanece. Se entera entonces de que Jesús ha muerto en la cruz y Artabán llora y le pide perdón a Dios por no haber llegado a tiempo. Artabán sufre otro desmayo. Poco antes de expirar, se le aparece Jesús y le dice: “Artabán, Artabán, tú siempre llegaste a tiempo porque yo estaba ahí, en cada enfermo, en cada pobre, en cada desvalido de quien tu cuidaste”.

Y como sucede con cualquier festividad, la de los reyes magos no estaría completa, si no fuera por un platillo: la rosca de reyes. Todos la partimos con miedo, por aquello de los muñequitos; sin embargo, lo de los niños no es un castigo. Originalmente se trataba de un haba y, si te salía, tendrías el honor de ser el padrino. Y claro, como padrino, te toca pagar los tamales el 2 de febrero, cuando se presenta al Niño Dios en el Templo.