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Feliz día del maestro

De la tinta de Héctor Zagal.

Domingo 12 De Mayo, 2019 · 10:37 am
Feliz día del maestro
El próximo 15 de mayo se celebra el día del maestro en México - Ilustrativa

Llevo casi 35 años de profesor y he dado clases en secundaria, preparatoria, licenciatura y posgrado. Lo más difícil es impartir clase en secundaria y, aquí en confianza, lo que más disfruto son mis clases de historia de la cultura en preparatoria. A los jóvenes no les impresiona la erudición, los nombres de los artistas y filósofos, las fechas históricas. Lo que les impresiona es la belleza del arte y los argumentos de la filosofía. El reto es ponerlos frente a las grandes obras del genio humano, y que la belleza y la verdad hagan su trabajo.

Supongo que no soy un mal maestro. Buena parte de mis inspiración proviene de quienes me dieron clase de secundaria y de prepa. Estudié la secundaria en una escuela pública; la primaria, en una escuela privada. En ambas recibí una magnífica educación. En secundaria, por ejemplo, conocí la forma de los sonetos de Petrarca y la estructura de los discursos según Cicerón. Así como lo oyen. Hugo Moreschi, mi maestro de historia, me enseñó las diversas teorías para explicar la bula Inter Caetara con la que Alejandro VI dividió el nuevo mundo entre Portugal y España. Y Fregoso, mi maestro de matemáticas, nos habló de los axiomas de Peano. ¿Cómo les quedo el ojo?

Especialmente, le guardo cariño mi maestra de español Martha Quijano que me enseñaba a declamar con el ritmo de José Asunción Silva y no con los raídos poemas de Manuel Acuña. Una mujer extraordinaria quien, además, me ayudó a superar mi natural timidez. En la preparatoria, escuché por primera vez hablar de Chesterton a Héctor Lerma, cuyo humor nos hacía reír constantemente en clase. Sergio Lechuga nos llevaba al jardín del Museo de Arte Moderno a practicar el dibujo y José Espinoza, a usar pintar al óleo aplicando las proporciones áureas. En eso del dibujo y de la pintura sí les falló; lo mío es la teoría del arte, no su ejecución. No obstante, algo aprendí.

Por supuesto, no faltaba el profesor haragán. Como mi maestro de electricidad en secundaria, que frecuentemente nos tenía sentados en el taller, sin hacer nada; mientras él se hacía tonto.  Tuve maestros que no confiaron en mí. Miss Elda, mi maestra de 3º y 5º de primaria, por ejemplo, mandó llamar a mi madre repetidas veces para advertirle que si yo no mejoraba mi caligrafía, no terminaría ni siquiera la primaria. Miss Elda fue la única maestra que conocí que utilizaba castigos físicos; aplicaba los lapizasos en la mano. Al final, mi caligrafía es bastante mala; lo que no me impidió convertirme en escritor. Aunque algo de razón tenía. Una mejor letra me habría ayudado a mí y mis pobres estudiantes, quienes tienen que soportar mis garabatos en el pizarrón.

¿Qué tenían en común mi mejores maestros, incluidos los del posgrado? Dominaban sus materias, eran entusiastas y creativos, afables aunque exigentes,  y estaban comprometidos con sus estudiantes. ¿Les confieso algo? Soy un poquito incrédulo cuando se habla de revoluciones didácticas. Creo que uno de los riesgos que enfrenta la enseñanza actual es el fetichismo de los métodos pedágogicos. Por mi trabajo, convivo con muchos profesores de secundaria y de preparatoria y la queja es unánime. Quienes diseñan los programas y toda la parafernalia didáctica –se quejan los maestros– parece que nunca han dado clase a un grupo de cincuenta adolescentes de 15 años a las 1 de la tarde un día caluroso de marzo. ¿Será así?

No pretendo que debamos prescindir de la didáctica, la pedagogía y la psicopedagogía. Simplemente afirmo que estas técnicas (y las decenas de formatos que los profesores debemos llenar para satisfacer a las autoridades escolares) no son la panacea para superar las deficiencias de la educación. En la educación hay que darle libertad al maestro para que enseñe creativamente, obviamente dentro de ciertos márgenes. Pero, sobre todo, el esfuerzo personal del estudiante es insustituible. Quienes estamos frente a grupo lo sabemos. Muchos estudiantes desertan por problemas económicos o familiares. Esto no debe suceder jamás. Es inaceptable. Pero también hay estudiantes de mayor edad que desertan de la escuela, porque no están dispuestos hacer las tareas o porque simplemente no quieren estudiar.

La educación no es responsabilidad exclusiva de los maestros y del Estado. La familia y los estudiantes, especialmente los mayores, son también responsables. El primer objetivo de la educación debe ser, digo yo, hacer consciente al estudiante de que él es principal responsable del cultivo de su inteligencia y de la formación de su carácter. ¿No les parece? Eso me enseñaron mis profesores. Al final, me uno a lo que comentó Borges sobre la relación entre el maestro y sus discípulos: “Creo que uno sólo puede enseñar el amor de algo”. ¡Feliz día del maestro!

Sapera aude! ¡Atrévete a saber!

@hzagal