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“Es verdad, soy un payaso”

De la tinta de “El Dr Héctor Zagal”

Héctor Zagal Domingo 3 De Noviembre, 2019 · 09:20 am
“Es verdad, soy un payaso”
"Eso" legó la imagen de un payaso aterrador, asesino, cruel y, pa’colmo, de otro planeta.

Como muchas personas de mi edad, disfruté y me reí con los payasos. Algunos de los mejores recuerdos de mi infancia tienen que ver con ellos. A mi abuela le gustaba llevarme al circo y yo disfrutaba con los acróbatas y, por supuesto con los payasos. Eran geniales. ¡Qué mejor combinación que la abue, los payasos y las palomitas de maíz. A veces, en algunas fiestas, también había payaso y magos o, mejor aún, un payaso-mago, de esos que te sacaban un pañuelo de la oreja o que tenían un ayudante que les estropeaba el número.

Ahora mis estudiantes le tienen terror a los payasos. Creo que el culpable es cierto payasito devorador de niños. La novela “Eso” (1986) de Stephen King nos legó la imagen de un payaso aterrador, asesino, cruel y, pa’ colmo, de otro planeta. Poco les debe haber gustado el chistecito a los cientos de payasos que se quedaron sin trabajo. Aquellos que antes hacían reír a los pequeños y grandes, ahora genera gritos, llantos y uno que otro infarto.

Hagamos una brevísima historia de los payasos, que no una historia de payasos (de esas que se reescriben cada seis años). En la edad media, había juglares, artistas ambulantes que eventualmente podía ser llamados a animar los banquetes de los nobles. Como para todo hay gustos, cada juglar empezó a cultivar una gracia particular. Había juglares que cantaban las composiciones líricas de los trovadores o recitaban cantares de gesta, como el “Mío Cid”. Los juglares cazurros entretenían a su público recitando historias de manera disparatada y con expresiones groseras. A mí me recuerdan a los ‘standuperos’ actuales. Los trasechadores eran profesionales de los trucos de manos. Claro que esta clasificación no es contundente, pues todos hacían un poco de todo, si así se necesitaba.

Conforme las cortes de los nobles se refinaron, aparecieron los bufones. Su misión era entretener a los poderosos. No era raro que los bufones tuviesen alguna discapacidad física, de la que se reían los otros. A veces, entre veras y bromas, los bufones podían permitirse ciertas libertades y criticar a algún cortesano o, incluso, decirle alguna verdad al príncipe que los protegía. El bufón que así lo hacía se movía en el filo de la navaja.

En un inicio, el atuendo de juglares y bufones no era especialmente extravagante. Se vestían a la usanza medieval, llena de colores y contrastes. Sin embargo, los siglos pasaron y la ropa de los juglares se congeló en el tiempo. Para el siglo XVI, su vestimenta ya era extraña, pero servía para identificarlos. A mediados de este siglo surgió “la comedia del arte”, un tipo de teatro popular que mezclaba el teatro con acrobacias, máscaras y danzas propias del carnaval. Este género consolidó el uso de personajes arquetípicos, es decir, ya definidos, como el Arlequín, la Colombina, El Doctor, El Capitán, y el Pierrot. El Pierrot es el antecedente de nuestro payaso maquillado de blanco, de traje brillante y gran gorguera. Este personaje era alegre y solía bailar en los actos, al menos hasta el siglo XIX, cuando su ánimo cambiaría al de uno melancólico y soñador.

Este paso es esencial para entender la historia de Canio, un payaso que debe disfrazar su sufrimiento para ofrecer al público las risas por las que pagaron. En la ópera “Pagliacci” (1892), se cuenta cómo Canio, con el corazón roto, debe continuar el espectáculo después de enterarse de la infidelidad de su mujer, quien también forma parte del acto. En esta obra, con música y libreto de Ruggero Leoncavallo, escucha la famosa aria de “Vesti la Giubba”. Aquí Canio canta: “¿Acaso eres tú un hombre? ¡Eres Payaso! Ponte el traje y empólvate el rostro. […] Transforma en bromas la congoja y el llanto; en una mueca los sollozos y el dolor”. La versión moderna de este desgarramiento existencial nos llega en la voz José José: “es verdad, soy un payaso, pero ¿qué le voy a hacer? Uno no es lo que quiere, sino lo que puede ser”.

Después de Eso, el payaso más popular sería El Guasón. Este personaje ha ido evolucionando desde psicópata, amante del caos, hasta convertirse en anarquista y marginado social. No obstante, aún conserva algunos rasgos. Su vestimenta es extravagante, usa maquillaje blanco y gasta bromas a todo mundo. Pero sus bromitas son mortales y nadie, más que él, se ríe de ellas.

No sé si los payasos vuelvan a ser aquellos personajes que nos ayudaban a quitar las caras largas y olvidarnos de los problemas de la vida. Quizá sea demasiado tarde (o pronto) para olvidar a Eso y al Guasón. Personalmente no le temo a los payasos maquillados. Sí le temo, en cambio, a los políticos que hacen payasadas y que, en lugar de enfrentar los problemas con seriedad, prefieren hacer chistes.

Sapere aude! ¡Atrévete a saber!

@hzagal