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El W.C. y la catarsis del alma

De la tinta de Héctor Zagal

Héctor Zagal Domingo 12 De Noviembre, 2017 · 10:06 am
El W.C. y la catarsis del alma
Foto: Ilustración

Muchas veces me han preguntado en qué época de la historia me hubiese gustado haber nacido. Siempre respondo sin chistar: “en la actual”. ¿Los motivos? Los analgésicos, los refrigeradores y el cuarto de baño. Me detengo en este último, el más importante de los tres. En los baños se concentran cuatro grandes inventos de la humanidad, a saber, el WC, el papel higiénico, la regadera (o ducha, como dicen en España) y los desodorantes. Imaginemos a las nobles señoras de la época de Luis XVI con sus caudalosos vestidos defecando en una letrina o en un bacinica. ¡Guácala! Napoleón, dueño de la mitad de Europa no gozó de la sofisticación de un excusado. César Augusto, señor del mundo Occidental, hacía “sus necesidades” en un cuartito que no por estar cubierto con mármoles era más higiénico que un modesto baño de hotel cuatro estrellas. El agua corriente, el drenaje, el papel higiénico (y en algunos países el bidet) revelan nuestra naturaleza espiritual. Nosotros no nos identificamos con nuestros desechos, nos desprendemos de ellos y hemos de ocultarlos porque nos recuerdan que a pesar de nuestra racionalidad, el cuerpo nos tira para abajo en el sentido más vulgar del término.

Destruir nuestros desechos es un imperativo biológico. Nos provocan asco porque nos dañan y no al revés. El asco actúa como mecanismo de defensa contra las enfermedades provocadas por un descuidado manejo de las heces. Los animales, supongo, son más fuertes que nosotros y por eso los perros olisquean su mierda. Los niños también la huelen, pero en el caso del homo sapiens esos jugueteos dañan la salud, al menos más que la del perro.

Defecar es un tipo de purificación. De esta catarsis depende nuestra vida. Siempre tenemos que rendir tributo al intestino. Ni el amor de una mujer, ni la filosofía, ni la riqueza, ni la ciencia, ni el poder, ni la poesía nos emancipan de nuestro bajo vientre. Aristóteles, Pascal, Benito Juárez, los Papas, Newton, Bill Gates, Pablo Neruda, todos los seres humanos apestamos en esos siniestros instantes. En el momento más inoportuno el aguijón de la carne nos cobra su factura. Por eso todo lo que contribuye a amortiguar tan pesada carga implica una purificación física y una purificación espiritual. Los baños revelan el estado del espíritu.