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El sistema que debería desaparecer

De la tinta de Arturo Barba.

Arturo Barba Viernes 13 De Diciembre, 2019 · 07:15 am
El sistema que debería desaparecer
Se ha fracasado sistemáticamente en evitar la fuga de cerebros / Foto: Pixabay

La búsqueda de reconocimiento, honores, gloria… El ansia por un descubrimiento importante para hacerse de un gran nombre y eclipsar con su brillo el de sus rivales y conseguir, por fin, la alabanza de sus semejantes… Cercanía con el poder para ejercer algunas migajas de él o, por lo menos, recibir sus favores y convertirse en una celebridad…

Las pasiones intelectuales es una obra magistral de tres volúmenes de Élisabeth Badinter editada por el Fondo de Cultura Económica, donde se recogen estas frases que son parte de la historia de las vicisitudes de los grandes sabios del Siglo de las Luces (el siglo XVIII), el de los enciclopedistas Maupertuis, D´Alembert, Montesquieu, Réaumur, Diderot, Voltaire, Rousseau, Quesnay, Daubenton, entre otros, y donde las academias francesas, principalmente la de Ciencias, jugaron un papel principal.

Denis Diderot se refiere de esta manera al gran matemático y filósofo alemán Gottfried Wilhem Leibniz para describir a los intelectuales de su época: “Es un ser al que le gusta meditar; es un sabio o un loco, como usted prefiera, que hace infinito caso de la alabanza de sus semejantes, que goza del sonido del elogio como el avaro goza del sonido de una moneda…”.

Sin embargo, a casi tres siglos de distancia, estas continúan siendo las grandes pasiones intelectuales de nuestros científicos y sabios, a las que habría que agregar una más: la riqueza.

Curiosamente, desde hace algunos meses se ha venido realizando una celebración que, guardadas las enormes distancias, podría ser el jubileo por una de las políticas públicas dedicadas a reconocer el trabajo de los científicos e intelectuales mexicanos: los 35 años del Sistema Nacional de Investigadores (SNI).

La mayoría de los mexicanos no lo sabe, pero hace poco más de 35 años una medida de emergencia que pretendía evitar la fuga de cerebros se convirtió en una de las políticas públicas en materia de ciencia prioritarias del país. El SNI se creó en julio de 1984, en medio de una de múltiples crisis económicas que experimentó el país en la segunda mitad del siglo XX y cuya participación de la Academia Mexicana de Ciencias fue fundamental.

Su objetivo fue crear un sistema a través del cual los científicos e intelectuales se evaluaran y se reconocieran a sí mismos, pero además de brindar honores y alabanzas entre semejantes (o pares) el pueblo mexicano les paga por hacer su trabajo a través de una especie de becas, para que los investigadores tengan suficientes recursos para no tener que irse a trabajar a otros países o de taxistas.

Sin embargo, a 35 años de distancia se ha fracasado sistemáticamente en evitar la fuga de cerebros. En los últimos 3 años se han formado con recursos públicos más de 15 mil doctores en ciencias, de los cuales casi nadie ha sido contratado en México. La mayoría se va a trabajar al extranjero y otros se quedan en el país a trabajar en lo que pueden (fuga de cerebros interna).

Tan solo en Estados Unidos, de acuerdo con la Unesco, hay 300 mil mexicanos de gran talento con estudios de posgrado fugados, esto es, diez veces más de los 30 mil 548 integrantes del SIN, cuya edad promedio ronda los 60 años.

En México no hay lugar para sus jóvenes talentos.

No se han creado universidades, centros de investigación o tecnológicos de gran nivel que les den cabida. Las 100 universidades patito de la cuarta transformación no contemplan, ni por error, su contratación para la docencia y la investigación.

Para lo que sí ha servido el SNI es para complementar el salario de los investigadores que destinan cuando menos 20 horas a la semana a realizar actividades de investigación. En sus cinco categorías: Candidato, nivel I, 2, 3 y Emérito, se brindan recursos suficientes para dedicarse a esta actividad. De hecho, los investigadores mexicanos son los mejor pagados de América Latina. El problema es que el 80% de los investigadores pertenecen a instituciones públicas y en ellas no existen plazas de tiempo completo para los jóvenes. Los 30 mil integrantes del SNI reciben buenos salarios y viven bien.

Para un país de 120 millones de habitantes son insuficientes: 0.6 investigadores por cada 10 mil habitantes. El potencial científico del país está muy lejos del tamaño de su economía (15 del mundo). Y la inversión del sector privado es mínima, casi inexistente en términos reales. De nada sirvieron las carretadas de miles de millones de pesos que se otorgaron a fondo perdido a empresas mexicanas y trasnacionales en supuestos apoyos a la innovación durante los pasados tres sexenios.

El SNI sí ha servido como mecanismo de reconocimiento para recibir y otorgar las alabanzas entre semejantes, con un sistema de evaluación que lejos de reconocer las verdaderas aportaciones al conocimiento y al desarrollo, se basa en la contabilidad de publicaciones en revistas especializadas sin importar la calidad y sin importar la contribución real de cada autor. Un sistema de evaluación que es más bien un sistema de recuento o de contabilidad de, fundamentalmente, publicaciones.

Pero también ha servido como mecanismo de control. La mayoría de científicos mexicanos que pertenecen al Sistema son el sector más disciplinado, callado y miedoso del país. Históricamente, el SNI ha servido para callar y controlar. Aquellos que se quejan o critican no son bien evaluados, no son promovidos y, por lo tanto, sus ingresos no se ven recompensados. Por ello, los investigadores temen opinar o criticar las políticas públicas; así, los investigadores temen alzar la voz, salvo contadas excepciones (Drucker, Paredes, Laclette) como en el caso Lazcano, quien fue expulsado de un comité de evaluación por “quejarse” públicamente.

El Sistema Nacional de Investigadores no debería existir más una medida emergente se convirtió en una política pública permanente. Solo en México y Venezuela (que copió este modelo) existe tal cosa. Un sistema surgido en un sistema basado en la corrupción, el control corporativo antidemocrático, y sin libertad de expresión. Un sistema que funcionó muy bien a la “dictadura perfecta”.

En el resto del mundo los científicos reciben sus sueldos decorosos en sus propias universidades, centros de investigación y empresas. Ahí se determina la libertad académica y de investigación. Ahí se garantiza su libertad de expresión.

México requiere una comunidad científica que realmente contribuya a la búsqueda de nuevos conocimientos y que participe en la solución de sus problemas con base en la ciencia y la tecnología. Para ello se necesita una comunidad científica que se sacuda de una vez por todas el yugo del SNI, una jaula de oro anacrónica que impide un verdadero impulso a la ciencia y a su evaluación.

Ya han pasado 35 años y cabría preguntarse ¿cuánto tiempo más los científicos están dispuestos a seguir recibiendo solo las alabanza de sus semejantes, disfrutar de las migajas del poder, convertirse en celebridades, mantener su estatus económico y continuar con un sistema que desde hace muchos años debió desaparecer?

Comentarios y sugerencias: @abanav y abanav@gmail.com