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El Oscar especial para González Iñárritu y Emmanuel Lubezki es muy merecido

De la tinta de Sergio Zurita.

Sergio Zurita Viernes 10 De Noviembre, 2017 · 07:09 am
El Oscar especial para González Iñárritu y Emmanuel Lubezki es muy merecido
Emmanuel Lubezki. fotógrafo y Alejandro González Iñárritu, productor de cine

La historia la hemos visto miles de veces.. Es más, parece que es la única historia que sabemos contar: las penurias por las que atraviesan los migrantes ilegales al tratar de llegar a los Estados Unidos. Es una historia que oímos todo el tiempo y que no tiene nada de original, pero, como diría el cineasta Jim Jarmusch, “la originalidad no existe, pero la autenticidad es invaluable”.

Ese es el gran mérito de Carne y Arena, de Alejandro González Iñárritu y Emmanuel Lubezki: su autenticidad. Toman una idea existente (contar la tragedia de los migrantes) y la llevan un paso más allá. Valiéndose de la tecnología más innovadora, han creado una experiencia (la palabra “espectáculo” se siente demasiado superficial) que fue filmada, pero no es cine.

El propio González Iñárritu explica, en un escrito ubicado en la primera sala de la experiencia, que “la realidad virtual es todo lo que no es el cine, y viceversa”, refiriéndose a que una película está confinada a un marco (la pantalla) y es bidimensional. En cambio, la realidad virtual de Carne y arena sumerge a quien la vive (iba a decir “al espectador”, pero es una palabra que se queda corta) y lo coloca en medio del conflicto. Uno está en medio del desierto de Sonora, las yucas están al alcance de la mano y se siente la arena en los pies (en la segunda sala hay que quitarse zapatos y calcetines).

Es fascinante girar 360 grados y darse cuenta de que el desierto nos tiene rodeados. Es también un poco aterrador. Y la bóveda celeste está sobre nosotros. Venus brilla intensamente. Y luego viene la tragedia humana. Gritos de que alguien está perdido. Alguien propone ir a buscarlo y otra voz dice que hay que seguir. Entonces se escucha el ruido de un helicóptero y luego el helicóptero viene sobre nosotros. Sí, “nosotros”. A estas alturas, la frontera entre los migrantes y uno ya se ha borrado; estamos juntos, nos guste o no.

Llegan dos camionetas de la Border Patrol con armas largas y perros espeluznantes. Y ahí conocemos a nuestros compañeros de viaje: un niño de 4 años; una señora mayor que eventualmente se pondrá a cantar muy quedito, porque también de dolor se canta; un pobre muchacho que habla un dialecto que nadie más entiende, y demás almas perdidas, condenadas a vivir lo que vivieron los israelitas al ir en pos de la Tierra Prometida. Algunos llegarán, otros, como Moisés, morirán a punto de hacerlo.

Podría contar toda la anécdota y la experiencia no perdería impacto. Pero tampoco tiene caso. Lo que sí puedo decir es que, al quitarme los lentes de realidad virtual y los audífonos, sentí que abandonaba un mundo, pero que ese mundo seguiría existiendo sin mí. Como si yo hubiera sido un viajero en el tiempo y hubiera tenido acceso a formar parte de esa escena de la vida real durante unos minutos.

En este momento, dos días después de vivir Carne y arena, y sabiendo que se trataba de realidad virtual, me pregunto dónde está el muchacho que hablaba el dialecto. A dónde se lo habrán llevado. ¿Estará durmiendo bien? ¿Le habrán dado de comer algo?

La última parte de la experiencia es un pasillo. Una de sus paredes es un muro metálico que estaba en una parte de la frontera con Arizona. En la otra pared hay monitores donde se ven retratos en movimiento de las personas que estaban perdidas en el desierto. Uno se reencuentra con ellos. Y sobre sus rostros, ya familiares, aparecen sus testimonios. Entonces el muro fronterizo es un muro de los lamentos. Uno no puede más que llorar.

Al salir a la vida real, al vestíbulo del Centro Cultural Universitario, uno se siente privilegiado y agradecido de haber podido vivir una experiencia así. Como dijo Jean-Luc Godard: “No importa de dónde tomes las cosas, sino hacia dónde las llevas”. González Iñárritu y Emmanuel Lubezki han llevado al cine a otro lugar, lo han sacado de su hábitat natural para convertirlo en un inmigrante que, en su nueva vida, se mezcla con otras artes, evoluciona y se convierte en algo que aún no tiene nombre.

Los boletos para Carne y Arena se consiguen los lunes a las 9:00 a.m. en las taquillas de Centro Cultural Universitario de la UNAM (no el de Tlatelolco) y en carneyarenatlatelolco.com a la misma hora.

*Las opiniones expresadas en esta sección son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de MVS Noticias