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El amor en tiempos virulentos

De la tinta de Arturo Barba.

Arturo Barba Viernes 14 De Febrero, 2020 · 07:38 am
El amor en tiempos virulentos
El sentimiento más profundo e importante para el ser humano: el amor / Foto: Ilustrativa

Parece paradójico, pero el sentimiento más profundo e importante para el ser humano: el amor, es uno de los menos conocidos ya que además de que no ha sido lo suficientemente estudiado se trata de un sentimiento muy complejo. Pocos son los científicos interesados que están tratando identificar los componentes neuronales y genéticos que subyacen a esta emoción fundamental para la humanidad. De hecho, en todo el planeta hay más científicos dedicados al desarrollo tecnológico de nuevas armas que a este importante tema.

También es contradictorio que algunos de los experimentos que se llevan a cabo con animales (modelos animales) orientados a comprender los mecanismos que regulan el miedo, la ansiedad y la agresividad, están sirviendo para comprender los complejos sistemas biológicos y psicológicos del amor. Resulta lógico ya que evolutivamente los animales y humanos comparten muchos de los circuitos cerebrales.

A lo largo de millones de años de evolución el cerebro humano fue desarrollándose y creciendo desde abajo hacia arriba, es decir, desde el tallo encefálico que se encuentra en la parte superior de la médula espinal que se formó hace cientos de millones de años con la aparición de los reptiles; es responsable de las funciones básicas y primarias como la respiración, el movimientos de las extremidades, etc. Posteriormente, con el predominio de los mamíferos el cerebro primitivo fue rodeado por otra estructura en forma de anillo llamado sistema límbico donde se encuentran el hipocampo y la amígdala, que fueron piezas clave del cerebro olfativo primitivo que, a lo largo del proceso evolutivo, terminó dando origen al córtex y posteriormente al neocórtex.

El sistema límbico es responsables de las emociones como el miedo, el enojo y el deseo, pero también de la memoria y el aprendizaje que le permitieron a nuestra especie avanzar a las simples reacciones automáticas para responder y tomar decisiones frente a su entorno.

Millones de años después estos centros emocionales dieron lugar al neocórtex o corteza cerebral que es el “cerebro pensante”, un gran bulbo de tejidos que conforman el estrato superior del sistema nervioso y que es el responsable del pensamiento, integra y procesa los datos registrados por todos sentidos, así como de los sentimientos y las ideas. El neocórtex del Homo sapiens es le más grande de todas las especie y ha traído consigo todo lo que es característicamente humano. El conocimiento de estas estructuras cerebrales y su relación con las emociones, los sentimientos y la inteligencia fueron conocidos recientemente gracias a investigadores como Joseph LeDoux, neurocientífico del Center for Neural Science de la Universidad de Nueva York. Sus libros como The Emotional Brain han abierto el camino a campos de investigación fundamentales para comprender la complejidad del cerebro humano.

Lograr comprender la estructura del cerebro en todos sus componentes y engranajes sigue siendo uno de los grandes retos de la ciencia moderna. En la actualidad apenas se han logrado bosquejar algunos de los elementos básicos de la arquitectura emocional que nos explica, por ejemplo, por qué la “razón” se ve desbordada o en constante conflicto con los sentimientos y emociones; limitadamente hemos dado los primeros pasos para comprender la interacción de los diferentes ingredientes neurológicos que gobiernan nuestra ira, temores, pasiones y alegrías.

Hay investigaciones notables –algunas llevadas a cabo desde hace décadas y otras muy recientes–, que han permitido desarrollar terapias y medicamentos contra la ansiedad, las fobias y los trastornos de estrés postraumático. Estos avances han dado la pauta para dilucidar el papel clave de ciertos neurotransmisores como la oxitocina y de otros compuestos de nuestro organismo.

Algunos científicos quieren establecer la cadena de eventos bioquímicos involucrados en estados mentales asociados con el amor, lo cual tendría implicaciones para comprender también la evolución de la sexualidad humana. El amor y los sentimientos de ternura o de satisfacción sexual activan el sistema nervioso parasimpático vinculado a la respuesta de relajación que engloba un amplio conjunto de reacciones que implican a todo el cuerpo y que dan lugar a un estado de calma y de satisfacción que favorecen la convivencia.

Sin embargo, los circuitos cerebrales emocionales son muy maleables y no sólo están determinados por compuestos bioquímicos sino también por nuestro entorno. Por las lecciones emocionales que aprendemos en nuestro hogares con nuestra familia, en la escuela, con los amigos, a lo largo de la infancia y de toda nuestra vida.

Nuestra evolución, al igual que muchos animales, ha permitido al ser humano formar lazos sociales intensos y duraderos, como la relación madre-hij@. El amor maternal cualitativamente es muy similar entre las diversas especies y estas relaciones comparten mecanismos cerebrales que se han conservado a lo largo de cientos de millones de años.

Se sabe, por ejemplo, que la hormona oxitocina se libera durante el trabajo de parto, el parto y la lactancia tanto en los humanos como en las ratas y ovejas. Se han hecho experimentos en ovejas, a quienes se les introduce una infusión de oxitocina en el cerebro, que dan como resultado el generar una unión rápida con un cordero extraño. Estos mecanismos cerebrales del vínculo materno podría estar involucrado en la regulación de las relaciones monogámicas de largo plazo, que es rara en los mamíferos.

El topillo de pradera es uno de los pocos mamíferos monógamos de por vida. En investigaciones recientes publicadas en Science y Nature se descubrió que la unión monógama es estimulada por la oxitocina que se libera en su cerebro durante el apareamiento. Y una hembra se adhiere rápidamente al macho más cercano si su cerebro recibe una infusión de oxitocina. La hormona interactúa con el sistema de recompensa impulsada por el neurotransmisor dopamina, el mismo circuito al que recorren las drogas como la nicotina, la cocaína y la heroína en los humanos para producir euforia y adicción.

En algunos experimentos las regiones de recompensa del cerebro humano relacionadas con la dopamina se activan en las madres cuando ven imágenes de sus hijos. Este mismo patrón de activación se registra en personas que observan fotografías de sus amantes. Las respuestas tanto de los roedores como de los humanos son similares.

Se considera que la vinculación entre parejas humanas puede haber evolucionado a partir de una serie de ajustes en los mecanismos cerebrales subyacentes a la vinculación materna. Esto podría explicar ciertas características únicas de la sexualidad humana, por ejemplo, el deseo sexual femenino puede haberse desacoplado de la fertilidad, y los pechos femeninos se convertieron en un estímulo erótico para los hombres, al activar los antiguos sistemas de unión materna. La estimulación del cuello uterino y los pezones durante la intimidad sexual son potentes liberadores de oxitocina cerebral y pueden funcionar para fortalecer el vínculo emocional entre las parejas.

Entre los hombres la vinculación con sus parejas implica un circuito cerebral similar al de las mujeres, pero usa diferentes vías neuroquímicas. En los ratones de las praderas machos la vasopresina, una hormona relacionada con la oxitocina, estimula la unión de parejas, la agresión hacia rivales potenciales y los instintos paternos, como el cuidado de las crías en el nido.

Se han descubierto algunos factores genéticos, por ejemplo, un estudio publicado en la revista PNAS identificó que la variación en una región reguladora del gen receptor de vasopresina AVPR1A, determina la probabilidad de que un topillo masculino se una con una hembra.

La vasopresina es una hormona producida en el hipotálamo que está asociado con la unión de parejas y la calidad de la relación. Los hombres con una variante AVPR1A particular tienen el doble de probabilidades de permanecer solteros, que aquellos que no la tienen o cuando están casados, el doble de probabilidades de sufrir una crisis en su relación. También se encontró que los o las cónyuges de los hombres con esta variante expresan más insatisfacción en sus relaciones que de aquellos que no la tienen.

Algunos investigadores han planteado que así como ya existen fármacos que manipulan la respuesta a ciertas emociones como el Prozac, no sería extraño que en el futuro surjan los primeros compuestos capaces de actuar sobre los sistemas cerebrales para inducir o disminuir nuestro amor por otro.

La oxitocina es el compuesto que se ha relacionado con el amor, en experimentos recientes se demostró que un aerosol nasal de oxitocina aumenta la confianza y sintoniza a las personas con las emociones de los demás, esto ha originado la comercialización de supuestos compuestos diseñados para estimular relaciones de pareja, pero los científicos consideran que lo único que hacen estos productos es aumentar la confianza de quien los usa.

Sin embargo, el pensar en compuestos que incidan en los circuitos neuronales del amor trae nuevamente discusiones importantes para replanteamientos éticos y sociales sobre el uso de ciertos medicamentos para modular procesos mentales o el uso de ciertas pruebas genéticas para detectar la determinación de ciertos comportamientos. La discusión continuará conforme avancen los descubrimientos.

El amor, a pesar de los tiempos virulentos de hoy en día, sigue siendo un tema abierto para la ciencia y para la sociedad.

Avanza el coronavirus

A pesar de los enormes esfuerzos implementados por el gobierno y el pueblo de chinos, el nuevo coronavirus 2019-nCoV o SARS-CoV-2 avanza rápidamente, hasta la madrugada de hoy ha infectado a más de 60 mil personas y ha ocasionado la muerte de mil 300.

La falta de una prueba de diagnóstico confiable ha hecho que el gobierno Chino aumente repentinamente el número de casos, ya que están considerando aquellos diagnosticados en pequeñas clínicas y con el uso de tomografías computarizadas y no solo aquellos confirmados con kits de prueba, que no detectan el nuevo virus sino que se determina por descarte. Es decir, si un paciente que tiene los síntomas no da positivo a las pruebas de influenza, SARS o MERS, en automático se considera que es portador del nuevo patógeno.

Estos datos ocasionan mayor presión pues se tiene que multiplicar el número de pacientes, muchos de los cuales se encuentran en centros de cuarentena o en instalaciones de aislamiento masivos. Este cambio repentino, ha hecho que la verdadera gravedad de la epidemia sea confusa.

El nuevo virus fue bautizado como SARS-CoV-2 pues aunque es diferente al SARS también causa el síndrome respiratorio agudo severo en las personas infectadas. La nueva enfermedad fue denomina como COVID-19 y, como es sabido, puede ocasionar la muerte por neumonía y otras complicaciones, en el 2% de los afectados.

Comentarios y sugerencias: @abanav y abanav@gmail.com