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Día Mundial de la Tartamudez

De la tinta de Héctor Zagal.

Héctor Zagal Domingo 18 De Octubre, 2020 · 07:00 am
Día Mundial de la Tartamudez
Algunos cuentan que Aristóteles era tartamudo. ¿Será? / Pixabay

¿Alguna vez han hablado tan rápido que se traban y pronuncian mal o cambian de lugar las palabras? Todos hemos pasado por momentos así, en los que parece que la boca no puede seguirle el ritmo al tren del pensamiento. Pero, por lo general, basta con detenernos, respirar, reformular, y continuar hablando. Sin embargo, pueden presentarse distintas complicaciones al momento de expresarnos y que no son tan fáciles de corregir en el momento, sino a través de mucho esfuerzo y práctica. Las más comunes son la dislalia (dificultad para articular uno o varios fonemas) y la tartamudez.

El 22 de octubre es el Día Mundial de la Tartamudez. La tartamudez o disfemia es un trastorno que afecta la capacidad de comunicación. Las interrupciones involuntarias, aunadas a la tensión muscular de cara y cuello, suelen ir acompañadas de sentimientos de estrés, vergüenza o miedo. Aunque estos sentimientos se deben, más bien, al entorno social en el que se desenvuelve quien tartamudea. Parece que no hay un trastorno fisiológico que la provoque y, si se detecta a tiempo, puede corregirse con ejercicios orales.

Varios personajes históricos fueron tartamudos. Lewis Carroll (1832-1898), seudónimo de Charles Lutwidge Dodgson, tartamudeó toda su vida. ¿Recuerdan al dodo de “Alicia en el país de las maravillas”? Se presentaba a sí mismo como Do-Do Dodgson. Parece que Carroll inmortalizó su trastorno en este personaje. También Demóstenes (384-322 a.C.), el gran orador griego, fue célebre tanto por sus logros en retórica y política como por su empeño en alcanzarlos.

Sin embargo, sufría un problema de comunicación. Aunque no se sabe con certeza si era tartamudo, pues el historiador Plutarco dijo que tenía una debilidad en la voz y una falta de aire que oscurecía el sentido de sus palabras. Para superar este problema, Demóstenes recitaba sobre el ruido de las olas del mar y hablaba con piedras en la boca mientras corría. Demóstenes, amigo de Don Gato, es un claro guiño hacia este orador.

Algunos cuentan que Aristóteles era tartamudo. ¿Será? Lo cierto es que dedicó parte de sus reflexiones a analizar el aparato físico y psíquico que permitía al humano hablar y comunicarse. En la obra “Problemas”, atribuida a Aristóteles por unos y a un pseudo-Aristóteles por otros, escribe sobre la tartamudez como un momento en el proceso de aprender a fortalecer y controlar la lengua para pronunciar correctamente los sonidos del lenguaje.

¿Vieron la película “El discurso del rey”? El caso también es real. Jorge VI de Inglaterra (1895-1952) era muy tímido, pero llevar la corona suponía dirigirse a su nación y al mundo. Su tartamudeo, claro, era un obstáculo. El terapeuta australiano Lionel Logue ayudó al monarca a superar su tartamudez con ejercicios vocales y de respiración. Con su ayuda, Jorge VI pudo declarar la guerra a Alemania en 1939 con uno de los discursos más célebres de la historia.

Allá por el siglo XVII, existieron médicos que buscaban corregir la tartamudez cortando el frenillo de la lengua. Evidentemente, esta mutilación no ayudaba en nada. Si el trastorno no se encontraba en el funcionamiento del órgano, entonces algo tendría que ver el estado psíquico. Sigmund Freud, padre del psicoanálisis, propuso que los errores en el habla y las dificultades para desempeñar ciertas tareas motrices, como hablar claramente, tenían una causa psíquica, no física. Así, la tartamudez podría estar asociada a un evento traumático que, de alguna manera, se manifiesta congestionando o estriñendo el lenguaje.

Sapere aude! ¡Atrévete a saber!

@hzagal

(conductor de “El Banquete del Dr. Zagal y profesor de la Facultad de Filosofía de la Universidad Panamericana)

*Las opiniones expresadas en esta sección son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de MVS Noticias