enero 23, 2022
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De brazo en brazo

La vacunación, llamada así por usar la pus de viruela bovina, no provocaba reacciones severas, no presentaba casos de muertes y no había riesgo de contagio entre vacunados y no vacunados.

Héctor Zagal
De brazo en brazo
Una enfermera prepara una vacuna / Foto: Cuartoscuro

Así llegó la vacuna contra la viruela a Nueva España en los primeros años del siglo XIX. En diciembre de 1802, Carlos IV (1748-1819), rey de España, recibió noticias de un brote de viruela devastador en Perú. Esta enfermedad tocaba fibras sensibles en el rey. Dos de sus hermanos habían muerto de viruela y, al parecer, una de sus hijas, la infanta María Teresa, murió de esta misma enfermedad con tan sólo tres años. Afectado por las noticias, Carlos IV pidió a sus consejeros reales encontrar la manera de ayudar a la población del virreinato de Perú y a todos aquellos territorios de ultramar que pertenecieran a la corona española, como el virreinato de Nueva España y Filipinas.

Una de las propuestas presentadas para hacer llegar la vacuna a la América hispana consistía en llevar una tela impregnada con la vacuna; otra, en llevarla sellada entre dos vidrios. Lamentablemente, ambas opciones comprometían tanto la eficacia de la vacuna como su pureza. Sería la propuesta de Francisco Xavier Balmis de Berenguer (1753-1819), cirujano y médico militar de la corte del rey, la que haría llegar la vacuna fuera de España. ¿Cuál sería el contenedor de la valiosa vacuna? Los brazos de 22 niños huérfanos.

¿Por qué en los brazos? ¿No es reprobable haber usado a unos niños como contenedores? Estas dos preguntas, aunque pertinentes, pertenecen a ámbitos muy distintos: la primera demanda una respuesta técnica, científica; la segunda, en cambio, una respuesta de orden moral y ético.

Respondamos la primera cuestión. Antes de intentar llevar la vacuna al otro lado del mar, en Europa se estaba buscando la manera de detener los contagios de viruela y evitar las muertes provocadas por ésta. Para ello se valían de un método conocido como variolización, que consiste en la inoculación de pus o costras provenientes de lesiones de viruela.

Se tiene noticia de que la variolización se practicaba en China desde el siglo XVI de tres maneras distintas: 1) colocando en las fosas nasales algodones o telas impregnadas de pus o costras provenientes de lesiones de viruela; 2) soplando hacia dentro de la nariz una mezcla de costras pulverizadas a través de un tubo delgado; y 3) vistiendo las ropas de personas infectadas de viruela. Estos métodos se practicaban en personas sanas, especialmente en niños.

La lógica detrás de este proceso de variolización se debe al hecho de que no todos los que se contagian de viruela mueren. Pero no sólo eso, y este es el punto clave de la historia, sino que quienes han padecido viruela y se han recuperado, ya no vuelven a contagiarse de ella.

Que esto ocurriera pudo haber guiado a pueblos del pasado a creer que la exposición de una enfermedad puede, de alguna manera, protegernos contra ella. Esta paradójica intuición fue el primer paso hacia el descubrimiento de las vacunas y la salvación de millones de vidas.

La variolización realizada en China llegó a la India y después a Turquía. A inicios del siglo XVIII, varios médicos ingleses que regresaban a Londres desde la región de los Balcanes llevaban consigo una descripción detallada de este insólito tratamiento contra los resultados mortales de la viruela. Sin embargo, sería Lady Mary Wortley Montagu (1689-1762), esposa del embajador británico en la Corte otomana, quien convencería a la alta sociedad inglesa de variolizar a los niños.

Durante su estancia en las ciudades de Edirne y Constantinopla entre 1717 y 1718, Lady Montagu pudo observar y documentar cómo mujeres ancianas raspaban las heridas de viruela con una aguja que después insertaban en las extremidades de los niños para protegerlos. Aunque quienes eran inoculados presentaban fiebres y sufrían una enfermedad sistémica, se recuperaban. Maravillada ante este proceso, Lady Montagu mandó inocular a sus dos hijos con el mismo método.

De vuelta en Inglaterra, durante la epidemia de viruela de 1721, Lady Montagu pidió que su hija de dos años fuera inoculada públicamente. Esto llamó la atención de las clases altas, lo que provocó que los médicos empezaran a tomarse en serio la variolización.

Aunque el rechazo hacia este método menguaba, aún tenía sus detractores. La variolización tenía sus desventajas: del 2 al 3% de los inoculados morían de viruela, otros presentaban reacciones severas y, además, podían contagiar a otros después de ser inoculados. Además surgieron detractores que fundaban su rechazo a la variolización en creencias religiosas y éticas.

Quizá se pregunten cuándo entra el tan mentado Jenner en la historia de las vacunas. Bueno, Edward Jenner (1749-1823) fue el primero en presentar a modo de investigación científica un método de inoculación de viruela que no presentaba las desventajas de la variolización. Jenner, un médico inglés, creció en el área rural de Berkeley.

Ahí entró en contacto con un sorprendente hecho médico: los lecheros y lecheras que habían presentado lesiones de viruela bovina debido a su contacto con vacas enfermas, no se contagiaban de viruela humana aún cuando se exponían a ella. Con esto en mente, en mayo de 1796, Jenner inoculó con pus de viruela bovina al hijo de uno de sus vecinos: el pequeño James Phipps, de ocho años. El material inoculado fue tomado de una lesión de viruela bovina de la lechera Sarah Nelmes.

El pequeño James fue inoculado por dos incisiones superficiales en el brazo. Tuvo una reacción localizada durante unos días y después se recuperó totalmente. En julio de ese mismo año, Jenner volvió a inocular a James, pero ahora con materia proveniente de lesiones de viruela humana. James no presentó ninguna reacción.

La vacunación, llamada así por usar la pus de viruela bovina, no provocaba reacciones severas, no presentaba casos de muertes (siempre y cuando la materia inoculada no se contaminara de otros patógenos) y no había riesgo de contagio entre vacunados y no vacunados.

Francisco Balmis conocía bien las bondades de la vacunación. Para 1803, se sabía que la materia necesaria para la vacuna se encontraba en las lesiones presentadas por quienes eran inoculados con viruela bovina. La vacuna consistía en el pus que se presentaba entre 9 y 10 días después de la vacunación. Con esto en mente, Balmis calculó que necesitaría 22 niños para llevar la vacuna a América.

Al inicio del viaje vacunó a dos niños. Esperó 9 días para extraer el pus de sus brazos y después vacunó a los siguientes dos. Así, de brazo en brazo, la vacuna llegó a los territorios de la corona española, tanto al norte como al sur de la América hispana. Desde Acapulco, Balmis viajó a Filipinas para continuar con la vacunación. Su viaje terminaría en España, de donde partió. Esta fue la primera campaña global de vacunación.

¿El problema moral? Si bien la vacunación salvó a miles, quizá millones, de personas; los niños usados para portar la vacuna eran, en su mayoría huérfanos. La Corona simple y llanamente autorizó que podían usarse para transportar la vacuna. Los niños fueron usados con un propósito bueno, pero al fin y al cabo fueron usados.

Sapere aude! ¡Atrévete a saber!

@hzagal  @karlapaola_ab

(Héctor Zagal y Karla Aguilar, coautores del artículo, son conductores del programa del Dr. Zagal)

*Las opiniones expresadas en esta sección son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de MVS Noticias