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Cuevas y el síndrome Estocolmo

El ‘Homenaje’ al pintor José Luis Cuevas, recién fallecido, evidenció los asuntos privados de la familia Cuevas con su viuda, Beatriz Del Carmen Bazán. 

Sergio Almazán Sábado 8 De Julio, 2017 · 09:35 am
Cuevas y el síndrome Estocolmo
Foto: Cenizas y recuadro de José Luis Cuevas, pintor mexicano / Reuters

Tan rápido se supo del deceso, las redes sociales y los medios de comunicación dieron la noticia: “José Luis Cuevas, el pintor de la ruptura ha muerto” así lo expresaban el pasado lunes 3 de julio. Conforme avanzaron las horas y los días se sumaron voces, declaraciones y sospechosas reacciones que estallaron en el fatídico “homenaje” que resultó ser más la evidencia pública de los asuntos privados de la familia Cuevas con la viuda.

Ese homenaje en Bellas Artes abren un viejo tema que se suponía, se sospechaba, se intuía. Cuevas vivió los últimos años secuestrado por su esposa Beatriz del Carmen Bazán quien desde el 2013, año en que el artista Cuevas fue hospitalizado por diez días por desnutrición  y las tres hijas del pintor denunciaron el nivel de descuido  por parte de la madrastra hacia Cuevas. No lograron un acuerdo judicial y la bomba comenzó a encender mecha y que quizá lo que hemos visto el pasado martes 4 de julio en Bellas Artes a penas es el comienzo de su estallido.

¿Por qué resulta tan importante este caso?… Lejos del asunto de cotilleo, está algo mucho más profundo: la ignorancia y desapego con lo que actúan las autoridades en México para proteger, garantizar y resguardar la integridad física, intelectual y  artística de los productores culturales de este país. En el caso de José Luis Cuevas, Homero Aridjis dijo con las cenizas en medio del foyer de Bellas Artes: “Vine a ver el cuerpo presente de mi amigo José Luis (Cuevas) y me topo con sus cenizas, a parte de su muerte, mi pregunta es ¿por qué lo cremaron tan rápidamente?… Me va a quedar para siempre el misterio de José Luis, como el misterio de Nellie Campobello, y algunas tragedias, queda la pista, como el amigo secuestrado, él era otro”. 

Y efectivamente, aquel pintor egocéntrico, coqueto, vanidoso, autorreferencial, seductor y memorioso había perdido todo su brillo característico en los últimos años. Era ella, su esposa la que tomaba la palabra. Lo recuerdo cuando en 2007, quise entrevistarlo para un programa de radio y la hoy viuda decidió que fuera por teléfono y no presencial. Ella dispuso el horario, las preguntas y la sorpresa mayor fue, que Carmen Beatriz dictaba las respuestas que el artista me daba en una fallida conversación que distaba mucho del gato macho que había conocido una década atrás.

Aquel maestro Cuevas que me presentó en 1996 René Avilés Fabila para entrevistarlo por primera vez, a propósito que su columna “Cuevario en el diario Excélsior cumplía 15 años. Recuerdo la elocuencia de aquella conversación autobiográfica en su museo en las calles de Academia y Moneda, en el centro histórico, teniendo como testigo a su Giganta y que culminó la conversación  unas calles más adelante, en 16 de septiembre esquina Eje Central, en las butacas del cine Savoy donde me daba cátedra del arte erótico del cine pornográfico de los años 70. Años más tarde, volvimos a coincidir en una muestra de jóvenes pintores ahí en su propio Museo, seguía él sonriente, provocador y efusivo a pesar que la muerte de Bertha Riestra su esposa le seguía como una sombra en sus ojos verdes, era 2001 apenas unos meses atrás había despedido a su esposa y madre de sus tres hijas: Mariana, Ximena y María José, quienes esporádicamente se les veía en el museo o en las muestras pictóricas de su padre.

José Luis Cuevas fue por muchas décadas el seductor-provocador del arte contemporáneo. Supo ganarse un lugar en el arte mexicano de la segunda mitad del siglo XX, provocando respuestas a veces insultantes por parte de los muralistas que lo descalificaban a lo que el artista de la ruptura respondió el jueves 8 de junio de 1967 con el famoso “Mural Efímero en las esquinas de Génova y Londres, en la azotea de la galería de las hermanas Pecanins, era una provocación a la corriente artística mexicana que encabezaban Siqueiros, Rivera y Orozco.

Aquella ocasión, José Luis Cuevas, el artista de 33 años retó la mirada y por un mes  el  mural estuvo en las paredes de la galería, siendo la atracción de la esquina de la zona más burguesa y estética de los años 60-70: La Zona Rosa ( incluso el mismo Cuevas fue quien bautizó con ese nombre ese sitio).  Al mes se quemó el mural y el fragmento que se rescató, se lo regaló al periodista Jacobo Zabludovsky como una muestra de que el arte nunca es para siempre.

40 años más tarde de aquella provocación. José Luis Cuevas es cenizas como ese mural, es una inquietante pregunta que quizá no podremos responder. ¿Qué razones llevaron a irse consumiendo, apagando, hacerse cenizas;  qué motivos lo llevaron a quedar aislado de la vida pública, los reflectores que tanta amaba, de su ingenio y egocentrismo?…El víctima terminó amando a sus secuestradora, aceptando sumiso el colmillo de su Drácula, que absorbió su voluntad como su fuerza creadora. Estamos, parece ser, ante un caso más del Síndrome de Estocolmo: Cuevas amando a su secuestradora.

Se sabe que dejó de pintar como dejó de provocar. Ahora, sólo y espero así sea, quede el museo como prueba irrefutable de la aportación del artista que rompió con el formalismo académico del arte mexicano para provocar otro lenguaje, otro discurso, otra mirada al dibujo, el grabado, incluso la biografía. Mientras sus cenizas quemaron las respuestas de estos años donde perdió la voluntad, incluso hasta de vivir…

Nos escuchamos esta noche en MVS 102.5FM en El Cocodrilo

Abramos la discusión @salmazan71