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Contra el patriotismo pozolero

De la tinta de Héctor Zagal.

Héctor Zagal Domingo 13 De Septiembre, 2020 · 08:00 am
Contra el patriotismo pozolero
La bandera mexicana fue un trofeo de guerra para los Estados Unidos / Freepik

El 14 de septiembre de 1847, la bandera estadounidense ondeaba en Palacio Nacional. La capital había sido tomada por el ejército norteamericano. Las garitas fueron abandonadas por unos y defendidas valientemente por otros; pero nada pudo detener el avance del invasor. Ante esto, Santa Anna ordenó la retirada de las tropas rumbo a la Villa de Guadalupe. En día tan aciago, Santa Anna, para andar más ligero, se desembarazó de la presidencia de la República. Ésta cayó sobre los hombros del abogado Manuel de la Peña y Peña. Al día siguiente, 15 de septiembre, tan sólo 37 años después de que un cura de Dolores encabezará la lucha por la independencia, el país estaba sumido en tinieblas. Santa Fe de Nuevo México; San Francisco, Los Ángeles y San Diego, en California; San Jose del Cabo, en Baja California; la Isla del Carmen, en Campeche; Alvarado y Veracruz; Chihuahua y Paso del Norte; entre otros muchos lugares, estaban dominados por los estadounidenses.

La litografía “Entrada del general Scott a la ciudad de México”, del alemán Carl Nebel, es un testimonio visual sobre el acontecimiento. En ella se puede ver a la caballería estadounidense formándose en la Plaza Mayor, frente a la Catedral metropolitana. A lo lejos se alcanza a ver la bandera del país invasor coronando el palacio de gobierno. En la esquina inferior derecha puede verse el desconcierto de los mexicanos antes las tropas. Las calles y el cielo se ven limpios; atrás han quedado las nubes de los cañones y los ríos de sangre. Desde los balcones de un edificio se asoman temerosas algunas damas. Una pareja bien vestida observa con asombro a los oficiales entrando a la plaza. Pero la figura más inquietante es la de un hombre vestido con sarape, huarache y sombrero, con el rostro desencajado, a punto de lanzar una pedrada hacia los soldados enemigos. Este pequeño detalle rompe con la aparente solemnidad de la entrada militar. Una pedrada que no vemos dada, tan sólo preparada, nos permite entrever el orgullo herido ya no del ejército mexicano –ese estaba ya había dejado la capital– sino del pueblo.

Antes de que la bandera invasora se pavoneara en un cielo que le era ajeno, en el Castillo de Chapultepec se libró una batalla sangrienta entre los ejércitos mexicano y estadounidense. El castillo había sido bombardeado desde el día 12 de septiembre por órdenes del general Winfield Scott. Tras horas de bombardeos, dos columnas de infantería estadounidense iniciaron el ataque al castillo la mañana del 13 de septiembre. La defensa más honrosa fue la que dieron los cadetes del Colegio Militar, a quienes se les dio la orden de retirarse a cada, pero se negaron a abandonar la defensa de su colegio. El rugido de los cañones y los disparos probablemente culminaron con enfrentamientos cuerpo a cuerpo cuando los soldados invasores llegaron entraron en el Colegio. El general Nicolás Bravo, líder de la defensa, entregó su espada. El mayor Seymour, del ejército estadounidense, bajó la bandera mexicana y en su lugar izó la bandera norteamericana. La defensa de Chapultepec había terminado.

La bandera mexicana fue un trofeo de guerra para los Estados Unidos. Una vez concluida la guerra en 1848, el presidente estadounidense James Polk ordenó que todas las banderas y artículos capturados durante la guerra fueran enviados a la Academia Militar de West Point. Nuestra bandera estuvo guardada ahí bajo el número 4174 hasta el 13 de septiembre de 1950, cuando se regresó a las autoridades mexicanas en una ceremonia en el bosque de Chapultepec. El presidente Miguel Alemán Valdés recibió el pendón de manos del general Wade Haislip, subjefe del Estado Mayor del Ejército de los Estados Unidos. Ese mismo día fueron devueltas otras banderas, como la del Batallón de San Blas, y estandartes que habían sido tomados durante la invasión norteamericana. En el Museo Nacional de Historia pueden apreciarse estos tesoros.

Les confieso que me entristece que algunos mexicanos justifiquen la pérdida de estos territorios diciendo que “estaban desocupados” o que “ahora serían territorio del narco”. Me temo que no alcanzamos a darnos cuenta de que la invasión, verdadera guerra de conquista, determinó el modo como Estados Unidos se relaciona con México. Además, miles de mexicanos que se quedaron en aquellas tierras fueron discriminados y marginados a lo largo del siglo XIX.

En febrero de 1848, México perdió la mitad de su territorio y, con ello, el agua del Río Bravo. En los años 40 del siglo XX, México negoció la repartición del agua en la frontera en situación desventajosa. ¿Podía ser de otra manera? ¿Verdad que la historia del siglo XIX marca la la realidad de 2020?

Nuestra memoria histórica es selectiva. Nos indigna Hernán Cortés, pero olvidamos la conquista estadounidense. No hay verdadero patriotismo si desconocemos nuestra historia. Sin memoria histórica, lo único que tenemos es un “patriotismo pozolero” de 15 de septiembre.

 

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@hzagal

*Las opiniones expresadas en esta sección son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de MVS Noticias