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Caravana a Belén

Héctor Zagal Hace 4 semanas
Caravana a Belén
Foto: Pixabay

De la tinta de Héctor Zagal.

No hay que ponerse románticos y decir que todo era mejor en el pasado. El presente tiene tantas ventajas, que si despojamos al pasado de su aura romántica, el pasado se nos revela como una incomodidad. Por ejemplo, yo no viviría en la antigua Roma sin aire acondicionado. De esas cosas que tiene el presente, y que si bien es poco romántica tiene muchas comodidades, es la globalización. No vengo a defender la globalización ni nada por el estilo, pero es un hecho que el mundo está más conectado que nunca, y que esto es una ventaja.

Por un lado, la globalización nos permite conocer el desarrollo de los acontecimientos en tiempo real aquí o en China. También es una gran ventaja para seguir haciendo mi trabajo con una computadora desde la playa. Pero algo que mi vena romántica no perdona es que las tradiciones locales se van difuminando un poco por la culpa de la globalización. La Navidad es prueba de ello. Santa Claus está venciendo casi por KO a los Reyes Magos y al Niño Dios.

Parte de este paulatino alejamiento de las tradiciones locales lo vivimos los mexicanos en carne propia. Quizás todavía no renunciemos a la rosca, pero sin duda la piñata y las posadas están pasando a mejor vida. La piñata que imaginan los niños no es la de los siete picos, sino la de Iron Man decorado con pintura de taxi. Las posadas se están convirtiendo en simples cenas prenavideñas. Cualquiera diría, además, que les hemos perdido el respeto a las pastorelas. Ya no están limitadas al atrio de la iglesia, sino que las podemos encontrar como sketches de comedia televisiva o espectáculos de cabaret.

Pero estas tradiciones no tienen valor nada más por ser antiguas y convencionales. Creo que tienen importancia porque cuentan una historia. Pensemos precisamente en las pastorelas. Las pastorelas, como muchas otras de nuestras tradiciones decembrinas –las posadas y la piñata-, son una herencia del proceso de evangelización de los pueblos indígenas durante la época colonial. Como se había hecho siglos antes con galos, celtas y otros pueblos nativos de Europa, el propósito principal de las pastorelas era la asimilación cultural. Identificar las fiestas y costumbres paganas con simbologías y orígenes cristianos fáciles de aprender y recordar era el objetivo principal. Las sutilezas teológicas vendrían después con la educación. Estas tradiciones exhiben cómo la cultura mexicana ha logrado asimilar su pasado prehispánico al cristianismo europeo.

Ya desde antes de la conquista, se representaban escenas mitológicas y religiosas durante las fiestas de muchas culturas indígenas, destinadas como las mismas pastorelas a entretener y educar. Por eso los misioneros franciscanos encontraron en esto una oportunidad para difundir el evangelio. La primera pastorela en estas tierras fue la Farsa de la Natividad Gozosa de Nuestro Salvador ordenada por Fray Juan de Zumárraga, primer arzobispo de México,  en 1530.

Y me acordé de esto, porque hace unos días vi en Puerto Vallarta una pastorela llamada Caravana a Belén. Me divirtió mucho, pues jugaba un poco con el peregrinaje de José y María, caravana migrante, rumbo a Estados Unidos.  La idea me parece interesante. Por un lado, tenía todos los elementos de una pastorela tradicional y, por otro, retomaba el tema de la migración. Es decir, un tema de relevancia actual. Creo que la pastorela sigue siendo un género vivo en México precisamente por eso. Las pastorelas  cuentan el pasado y presente de nuestra historia.

Para que una tradición perdure, tiene que ser capaz de interpelarnos y decirnos algo. Las tradiciones no son inmóviles, piezas de museo casi momificadas, sino realidades vivas. A juzgar por la cantidad de pastorelas que se montan en la Ciudad de México, desde las tradicionales hasta las de cabaret, me parece que estamos frente a una tradición que puede sobrevivir al embate de Santa Claus. Su actualidad las mantiene vivas.

Sapere aude! ¡Atrévete a saber!

@hzagal