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2019, mal año para la ciencia mexicana

2019, mal año para la ciencia mexicana
La llamada “ruta de aprendizaje” de los nuevos funcionarios que ocupan las diversas áreas del Conacyt puede ser largo

De la tinta de Arturo Barba.

Nada bien pinta este 2019 para la ciencia mexicana, pues en lugar de incrementarse su presupuesto se redujo un 10% en términos reales.

De acuerdo con el Decreto de Egresos de la Federación para el Ejercicio Fiscal 2019, publicado en el Diario Oficial de la Federación el 28 de diciembre de 2018, el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) tendrá una disminución nominal del 8% respecto al año anterior con lo que, si se suma al 4% de inflación, se tendrá una reducción de cuando menos el 12% en términos reales. De esta forma, pasará de 21 mil 140 millones de pesos en 2018 a 18 mil 952 millones en 2019, menos la inflación.

Mal informada, la directora general del Conacyt, María Elena Álvarez-Buylla Roces, comunicó a través de su cuenta de Twitter dos días antes de publicarse el decreto de Presupuesto que el Consejo recibiría 24 mil 700 millones de pesos, pero la funcionaria tendrá casi seis mil millones de pesos menos de que lo que esperaba para emprender la llamada “cuarta transformación” en el sector.

A esto hay que contemplar la devaluación, ya que la mayoría de los instrumentos, equipos e insumos que se usan en todos los campos del conocimiento se importan de países como Estados Unidos, Japón y de Europa, por lo que impactará en todas las actividades científicas y tecnológicas del país.

La llamada “ruta de aprendizaje” de los nuevos funcionarios que ocupan las diversas áreas del Conacyt puede ser largo, por ello no es extraño que, en muchos casos, la improvisación o los planes poco aterrizados sean frecuentes. En materia jurídica y normativa el nuevo equipo dirigido por Álvarez-Buylla se propone modificar las leyes que a estas alturas deberían estar ya aprobadas por el Congreso, pero los tiempos de los investigadores y del aprendizaje pueden ser largos. El tiempo es relativo.

Pero lo realmente preocupante son los planteamientos demagógicos y rimbombantes como el siguiente:  En un documento del equipo de Álvarez-Buylla,  presentado ante la Comisión de Ciencia, Tecnología e Innovación, de la Cámara de diputados el pasado mes de noviembre, por el Mtro. Raymundo Espino Hernández, titulado: Renovación jurídico-institucional del Sistema Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación, se plantea como objetivo clave para el sector “la autosuficiencia en la producción de conocimiento científico y la independencia tecnológica del país como bases para el desarrollo de auténticas fuerzas productivas nacionales”.

Independientemente de intentar interpretar lo que se quiso decir, en ningún país del planeta –entre ellos China, que cuenta con un millón 600 mil científicos, o Estados Unidos, que tiene un millón 300 mil investigadores y ya ni hablar de sus capacidades industriales– existe tal autosuficiencia en la producción del conocimiento científico. Ese digamos “planteamiento” es una falacia. Para empezar, la ciencia moderna se basa en conocimientos generados desde hace décadas y siglos por científicos e investigadores de diversas países, épocas y culturas. ¿La pretendida “autosuficiencia en la producción de conocimientos” significa inventar una nueva ciencia desde sus bases prescindiendo de los pasados y actuales conocimientos? ¿Se creará una nueva física, matemática, química y biología mexicanas que permita generar auténticos y autosuficientes conocimientos mexicanos?

Se buscará la “independencia tecnológica”, algo que tampoco existe en ninguna nación del planeta. Lo cual, supongo, ¿implicaría prescindir de todo avance tecnológico vigente incluido lo concerniente con la computación, las tecnologías de la información, o internet, entre muchos otros?

Es del conocimiento básico de cualquier estudiante de la relaciones entre ciencia y sociedad, que tal “independencia” no es posible. En todo caso, a lo que se debe aspirar es a una menor dependencia, un equilibrio entre los conocimientos científicos y los desarrollos tecnológicos que se generan en el país respecto a los que llegan de otras naciones.

Pero dejando de lado esta retórica el nuevo Conacyt se propone (espero que este mismo año) reorganizarse e incluir la “H”, un asunto meramente cosmético para el cual buscará promulgar una Ley General de Humanidades, Ciencias y Tecnologías; un nuevo Reglamento Interior y un nuevo Manual de Organización. También pretende establecer una Ley General de Humanidades, Ciencias y Tecnologías que retome la nunca promulgada Ley Orgánica del Sistema Nacional de Centros Públicos de Investigación.

Sin embargo, considero que el cambio más importante que se propone la actual administración es el de concentrar en el Conacyt los recursos del Ramo 38 del Presupuesto Consolidado de Ciencia y Tecnología, que este año será de 91 mil 390 millones de pesos (por el recorte) que son ejercidos por las diversas dependencias. Entre ellas, la Secretaría de Educación Pública con 36 mil 123 millones de pesos (más que el propio Conacyt); la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural, 7 mil 240 millones; la Secretaría de Energía, 6 mil 616 millones; la Secretaría de Salud, 6 mil 269 millones; la Secretaría de Economía, mil 391 millones; la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales 608 millones, entre otras.

¿Será posible que las dependencias permitan que el Conacyt sea la que administre tales recursos y determine su aplicación? Estimo que antes se lograrían las supuestas e imposibles “independencias científica y tecnológica”.

Independientemente de los nuevos planes o programas que se pretendan impulsar, iniciar una nueva gestión con menos recursos de los que se recibían en gobiernos anteriores será una limitante fundamental, tan solo por este hecho, este año que comienza será muy complicado para la ciencia mexicana.

Comentarios y sugerencias:  @abanav y abanav@gmail.com